Revista Veritas Et Scientia - Perú

Vol. 15. N° 1

Enero – Junio de 2026

ISSN Edición Online: 2617-0639

https://doi.org/10.47796/ves.v15i1.1443

 

ARTÍCULO ORIGINAL

DE LOS ESLABONES A LOS TRANSBORDOS EN EL CIRCUITO COMERCIAL DE LA ROPA USADA. LOS DESAFÍOS DE LAS PRÁCTICAS SOCIALES TRANSFRONTERIZAS EN LA FRONTERA CHILENO-BOLIVIANA[1]

The nodes and transfers in the commercial circuit of second-hand clothing. Challenges of the cross-border social practices in the Chilean-Bolivian bordeR

File:ORCID iD.svg - Wikimedia CommonsJhonny Copa Limachi

Universidad Arturo Prat

https://orcid.org/my-orcid?orcid=0009-0006-9810-479X

 

 

Recibido: 01/06/2025

Aceptado: 28/06/2025

Publicado On-line: 30/06/2025

 

Resumen

El presente estudio analiza el circuito comercial de ropa usada que va desde la Zona Franca de Iquique (Chile) hasta la Feria 16 de Julio en El Alto (Bolivia), con el propósito de identificar las prácticas sociales trasfronterizas y los eslabones que intervienen en su configuración y funcionamiento. Asimismo, examina las restricciones que esta actividad enfrenta en el territorio boliviano. Con este fin se ha recurrido a la etnografía multisituada y a cuerpos teóricos sobre estudios fronterizos y economías populares. Los hallazgos señalan, primero, que los eslabones funcionan como puntos de enlace del comercio de corta y larga distancia; y segundo, evidencian que estos operan como mecanismos de articulación formal e informal que facilitan las prácticas sociales transfronterizas, tanto diurnas como nocturnas. Esto ocurre en contextos donde la frontera opera como un recurso, sustentado en los conocimientos prácticos del saber hacer (vinculado al saber circular), del saber cruzar y del saber llegar que implican realizar esta actividad, constituyéndose como una expresión de desacuerdo ante la normativa impuesta a este tipo de comercio. Debido a los trayectos de la actividad, el circuito adquiere notable flexibilidad por su capacidad de adaptarse a contextos locales, regionales y globales.

Palabras Clave: frontera, ropa usada, circuitos comerciales, prácticas sociales transfronterizas, eslabones.

Abstract

The current study analyzes the commercial circuit of second-hand clothing that extends from the Iquique free trade zone (Chile) to the 16 de Julio market in El Alto (Bolivia), with the aim of identifying cross-border social practices and the links involved in its configuration and operation. It also examines the restrictions this activity faces within Bolivian territory. To this end, the study employs multi-sited ethnography and theoretical frameworks on border studies and informal economies. The findings indicate, first, that these links function as connecting points for short- and long-distance trade; and second, that they operate as formal and informal articulating mechanisms that facilitate cross-border social practices, both day and night. This occurs in contexts where the border functions as a resource, supported by the practical knowledge of how to do things (linked to circular knowledge), how to cross, and how to arrive, which are essential to carrying out this activity. This knowledge constitutes an expression of dissent against the regulations imposed on this type of trade. Due to the routes of the activity, the circuit acquires remarkable flexibility due to its ability to adapt to local, regional and global contexts.

Keywords: border, second-hand clothes, commercial circuits, cross-border social practices, nodes.

INTRODUCCIÓN

La comercialización de ropa usada[2] ha logrado un gran impacto en el contexto global desde la segunda mitad del siglo XX, particularmente en las regiones de África subsahariana, de América Central y de Sudamérica (Baden y Barber, 2005; Sandoval, 2019; Vidaurre, 2005). En lo que va del siglo XXI, esta actividad ha generado un movimiento económico de 9.300 millones de dólares hasta el año 2021 (United Nations, 2024), impulsado por la sobreproducción textil, el consumismo y el movimiento fast fashion o “moda rápida”, implantada en Europa y reproducida en Estados Unidos (Sandoval, 2022). Estos procesos profundizaron las desigualdades en el acceso a la moda y a la calidad de los productos entre el norte y sur global (Sandoval, 2019).

En Sudamérica, el circuito de la ropa usada se articula mediante cinco eslabones: proveedores y recolectores, importadores mayoristas, comerciantes mayoristas (o farderos[3]), comerciantes minoristas (o de retail) y los consumidores finales. Para que este circuito opere, la ropa usada transita por fronteras internacionales, tales como el chileno, el peruano, el brasileño, el argentino y en mayor rigor el boliviano, donde adquiere un estatus variable –legal o ilegal– según las regulaciones de cada Estado.

Esto ocurre en el comercio de ropa usada entre Chile y Bolivia, puesto que del lado chileno[4] la importación y comercialización es permitida bajo el Decreto N.° 2389 de 1995, que exige la certificación de sanitización del país de origen Se trata de un requisito básico que habilita su comercialización en territorio chileno; así, para la gestión 2022 Chile importó 131.574 toneladas, destinando el 20% al consumo interno, el 5% a la reexportación y el 75% fue vendido a los mercados de otras latitudes (United Nations, 2024).

En Bolivia, por el contrario, el  Decreto Supremo N.° 28761 de 2006 restringe la importación y comercialización de ropa usada para proteger la producción textil nacional (Gaceta Oficial del Estado Plurinacional de Bolivia, 2006). Pese a ello, el mercado de ropa usada pasó de 8.000 toneladas en el año 2005 a 156.000 toneladas en el año 2022, lo que implica un incremento de casi el 100% en la demanda (Los Tiempos, 2023; Vidaurre, 2005). Este incremento de 148.000 toneladas equivale a un crecimiento del 1.850 %, lo que significa que el volumen registrado en 2022 fue 19,5 veces superior al de 2005. Esta evolución pone de manifiesto una paradoja central: pese a las restricciones normativas, la actividad no desaparece, sino que se mantiene y adquiere nuevas dinámicas, convirtiendo la frontera en un recurso económico. En este contexto, la frontera se reconfigura a partir de las prácticas sociales transfronterizas y de la influencia de los circuitos comerciales que articulan los espacios de intercambio.

La literatura sobre el comercio de ropa usada se ha desarrollado en tres frentes geográficos progresivamente articulados. Los estudios pioneros centrados en África subsahariana, examinan las fuerzas laborales de la actividad y cómo las cadenas de suministro han expandido el fenómeno a escala global, fomentando el consumo de moda y calidad en contextos de restricción (Baden y Barber, 2005; Brooks, 2015; Hansen, 2000; Hansen y Le Zotte, 2019; Milgram, 2015). Investigaciones posteriores en Sudamérica han avanzado hacia la re-significación del uso y la venta en contextos transfronterizos específicos como Brasil y Perú (Hernández y Loureiro, 2017; Jiménez, 2019), mientras que los estudios de Chile y Bolivia, se han centrado en los circuitos comerciales internos, en las ventas locales, en los saberes cotidianos de la actividad, en los instrumentos regulatorios y en las consecuencias a futuro de dicha actividad (Calvo y Obreque, 2023; Copa, 2023; Maclean, 2014; Muñoz et al., 2022; United Nations, 2024; Vidaurre, 2005).

No obstante, estas investigaciones han prestado escasa atención al rol de la frontera, a las modalidades de cruce y a las transformaciones que experimenta el estatus de las mercancías al traspasarlas. Para contribuir a llenar este vacío, este artículo tiene como objetivo analizar el circuito comercial de ropa usada entre la Zona Franca de Iquique (ZOFRI) y la Feria 16 de Julio de El Alto, identificando las prácticas sociales trasfronterizas y los eslabones que intervienen en su configuración y funcionamiento. A partir de este análisis, el artículo busca contribuir a los estudios fronterizos y de las economías populares, mostrando cómo las regulaciones fronterizas, las prácticas sociales y los circuitos comerciales se articulan en la producción y reproducción de este mercado.

Este artículo se organiza en cinco apartados. El primero corresponde a la estrategia metodológica y las posturas teóricas utilizadas en este estudio que, por un lado, considera los estudios fronterizos que entienden a la frontera como recurso; y por el otro, toma en cuenta los estudios de economías populares, rescatando a los eslabones como el enlace del circuito comercial de ropa usada. El segundo apartado pone atención al contexto del comercio de ropa usada. En el tercer apartado se determinan los eslabones del circuito comercial de ropa usada entre Chile y Bolivia. En el cuarto se hace referencia a las formas de cruce fronterizo mediante las prácticas sociales transfronterizas. Finalmente, en el quinto apartado se pone énfasis en la restricción de la actividad y en el estatus que adquiere en el marco de una expansión del mercado, para cerrar con las conclusiones del estudio.

ESTRATEGIA METODOLÓGICA

La estrategia metodológica utilizada contempló una etnografía multisituada o multilocal, bajo el entendido de que la ropa usada circula por diversos espacios y que, por ello, constituye “un objeto de estudio que no puede ser abordado etnográficamente si permanece centrado en una sola localidad intensamente investigada” (Marcus, 2001, p. 111). Asimismo, se realizó la revisión y el análisis de fuentes primarias y secundarias, articuladas en tres momentos de ingreso a terreno. Estos momentos del trabajo de campo se desarrollaron de manera consecutiva entre la gestión de 2023 y 2024, en distintas fases y circunstancias.

En un primer momento, durante el año 2023, se delimitó el ámbito de la investigación en la frontera entre Chile y Bolivia, particularmente en los puntos de Chungará-Tambo Quemado y Pisiga-Colchane, que se enlazan con la Zona Franca de Iquique (Chile) y la Feria 16 de Julio de El Alto (Bolivia). En un segundo momento, desarrollado durante el primer semestre del 2024, se realizaron entrevistas semiestructuradas y observaciones en terreno en la franja fronteriza chileno-boliviana, en la Zona Franca de Iquique, en Oruro y en El Alto. En un tercer momento, a fines de 2024, mediante un último trabajo de campo, se realizaron diálogos —registrados en las notas de campo— con personas que habitan la frontera, entre ellas transportistas, comerciantes mayoristas o farderos y comerciantes minoristas. Para el relevamiento de información se obtuvo el consentimiento informado de los participantes y se utilizaron seudónimos para proteger su identidad.

LA FRONTERA COMO RECURSO, LAS PRÁCTICAS SOCIALES TRANSFRONTERIZAS Y LOS CIRCUITOS COMERCIALES

Para el presente estudio se tomarán en cuenta dos vertientes teóricas de producción científica. Por un lado, los estudios fronterizos contemporáneos que han superado la noción de frontera como línea divisoria (Newman, 2003) para concebirla como parte de los procesos políticos, culturales, sociales y económicos (Tapia, 2022). Por otro lado, se retoma la perspectiva de las economías populares, es decir de aquellas actividades económicas no reguladas por el Estado, de institucionalidad propia y de legitimidad socioeconómica en sectores terciarios (comercial y productivo) donde se reflejan prácticas y estrategias con lógicas propias (Müller, 2022; Tassi et al., 2015).

La noción de frontera como recurso constituye un eje central para el análisis del comercio de ropa usada. Según Sohn (2014, 2022), este enfoque puede comprenderse a partir de cuatro aspectos interrelacionados. En primer lugar, la frontera, al ser entendida como un contenedor de soberanía, no solo delimita al territorio, sino también a las diferencias económicas, culturales, legales, entre otras. A pesar de estas diferencias, los habitantes de la zona fronteriza las convierten en oportunidades, más aún si tienen algún vínculo con el comercio de ropa usada. Tal aspecto es aprovechado por las conexiones que se construyen en ambos lados de la frontera, especialmente entre la Zona Franca de Iquique en Chile y los mercados bolivianos.

En segundo lugar, la frontera contiene el beneficio diferencial, es decir, el generado con la variación de los costos y regulaciones marcadas por la frontera chileno-boliviana. En ese sentido, las regulaciones que presentan ambos Estados definen la legalidad de la ropa usada según el territorio por el que circula. En tercer lugar, al ser un espacio de contacto e intercambio, la frontera favorece nuevas formas de prácticas sociales transfronterizas, producto de los cruces y del aprendizaje del día a día. Los intercambios de ropa usada invocan conocimientos específicos y no se reducen a las transacciones comerciales, sino que también generan interacciones de cohesión social en beneficio de la actividad. Y, en cuarto lugar, la oferta de ropa usada constituye un interés de la población en aglomeraciones de lugares específicos que tienen como objeto el empoderamiento territorial en respuesta a la marginalidad del sistema estatal (Sohn, 2014, 2022). Estas cuatro dimensiones se articulan de manera clara en el comercio de ropa usada entre Chile y Bolivia: la diferencia normativa —permisividad en Chile y prohibición en Bolivia— convierte el cruce fronterizo en una oportunidad económica estructural.

Por su parte, las prácticas sociales transfronterizas son “actividades que tienen como referente a la frontera, especialmente respecto de la movilidad, formas de cruce, los motivos e incentivos para moverse de un territorio a otro, así como la circulación” (Tapia, 2022, p. 159). Consisten en cruces de carácter repetitivo, sin establecimiento permanente en el destino, que generan movilidades adjetivadas de distinto tipo —laborales, comerciales, religiosas, etc. — y distinta forma —informales e formales— (Tapia, 2021). En la zona fronteriza chileno-boliviana, estas prácticas tienen raíces históricas profundas.  Desde las caravanas de llamas precoloniales hasta el comercio republicano de productos de primera necesidad, la conectividad entre el altiplano y los puertos del Pacífico ha sido una constante que hoy actualiza el proceso de integración del comercio transfronterizo, más allá de los parámetros fiscales, que ocurre no solamente a nivel regional, sino también a nivel global (Garcés y Vilches, 2023; Llanque y Villca, 2011; Rivière, 1982). 

Finalmente, desde la perspectiva de las economías populares, para Müller (2022) los circuitos comerciales conllevan dos aspectos. Por un lado, las redes formadas por contactos directos entre los involucrados de la actividad que generan negociaciones o acuerdos en relación al propio entorno (López, 2018). Mayormente estas se basan en redes de paisanaje, alianzas familiares, compadrazgo, lazos de amistad y festividad, tanto urbanas como rurales, que hacen relacionamiento social (Tassi et al., 2013). Se posicionan como alternativas reproductivas de los sectores populares, manejadas estratégicamente como herramientas para el ensanchamiento de la actividad, lo que le permite coexistir entre la dicotomía tradicional-moderna y/o popular-global (Rabossi y Tassi, 2023).

Por otro lado, los circuitos comerciales son entendidos mediante las cadenas que refieren a las estructuras (infraestructuras y sociales) que facilitan la circulación de las mercancías. Este aspecto es posible mediante las articulaciones horizontales de mercados más amplios, donde, hasta hace poco, la presencia estatal era mínima. De hecho, en los últimos años, se han intensificado las articulaciones verticales con empresas grandes y con multinacionales, como el sector de electrónica (celulares, videojuegos, entre otros), extendiéndose así los circuitos internos con el capitalismo global (López, 2018; Müller, 2017).

En el caso de la ropa usada, existen articulaciones tanto verticales como horizontales en la cadena comercial, producto de las redes de recolección, distribución y comercialización de la actividad, las cuales son consideradas como eslabones en la estructura de los circuitos comerciales (López, 2018; Müller, 2022). Los eslabones son los puntos de contactos o nexos que sirven de enlace y captan la extensión de las estructuras sociales, logísticas, administrativas y tecnológicas del circuito (Müller, 2022). Se constituyen por la interacción del flujo que implica “un arreglo que se desplaza entre rutas socialmente reguladas y desviaciones competitivamente inspiradas” (Appadurai, 1991, p. 33), apoyadas por tejidos locales. Se trata de lugares (ciudades, pueblos, fronteras, mercados y ferias, entre otras) que encadenan, no solo las trayectorias, sino también las tramas y experiencias que giran en torno al comercio de ropa usada.

Este comercio oscila en la dicotomía legal-ilegal, formal-informal y está sujeto a cierta estigmatización asociada con la criminalidad, como consecuencia de una concepción  reduccionista de la moralidad jurídica (Dorfman, 2015, 2020). Sin embargo, más que una transgresión, supone un aprovechamiento de las asimetrías fronterizas que goza de legitimidad en los ámbitos local, nacional y regional (Muñoz, 2020, 2023). Asimismo, las reglas formales son ignoradas no solo por los sectores populares, sino también por instituciones, políticos y corporaciones, entre otros (Hart, 2015). En este sentido, estas prácticas pueden entenderse como una expresión de desacuerdo frente a normativas impuestas sobre actividades que las propias personas consideran legítimas, antes que como un simple incumplimiento de las reglas establecidas.

LA FRONTERA CHILENO-BOLIVIANA COMO ESCENARIO PARA EL COMERCIO DE ROPA USADA

La frontera chileno-boliviana tiene una extensión de al menos 861 km a través del altiplano surandino entre 3.500 y 4.300 metros sobre el nivel del mar. Su carácter inhóspito y su escasa densidad poblacional dificultan el control estatal, lo que favorece el paso de mercancías (Condori, 2013). Esta frontera es estratégica para Bolivia, pues por ella transitan los principales flujos mercantiles provenientes de Asia a través de los puertos del Pacífico (Blanes, 2017) (ver Figura 1).

En el año 2023, Bolivia importó un total de 2.339.924 toneladas de bienes. De acuerdo con los registros correspondientes a las nueve vías de acceso terrestre utilizadas para las importaciones[5], la ruta Arica-Charaña-Tambo Quemado ocupó el primer lugar con 611.536 toneladas. El tercer lugar lo ocupó Iquique-Pisiga-Bella Vista con 452.846 toneladas y el sexto lugar correspondió a Antofagasta-Ollagüe-Uyuni con 36.396 toneladas (Instituto Boliviano de Comercio Exterior [IBCE], 2023).  En conjunto, estos tres pasos fronterizos, situados en el altiplano y en la frontera con Chile, constituyen las principales vías de ingreso terrestre para el comercio formalmente registrado en Bolivia.

Esta frontera, por su dinamismo, es la más activa en términos de flujos de mercancías[6]. Por allí circulan diariamente alrededor de 857 camiones, tanto de exportación como de importación. De estos ingresan 201 camiones con cargas de importación vía Pisiga y otros 250 camiones cruzan la frontera vía Tambo Quemado trasladando mercaderías importadas para el territorio boliviano (Cancillería de Bolivia, 2023). No obstante, los datos señalados no contemplan a los camiones con mercancías que evaden los controles fronterizos, por ejemplo los llamados de línea negra (televisores, DVD, equipos de sonido, etc.), de línea blanca (electrodomésticos), vehículos indocumentados y los que transportan ropa usada (Picolomini, 2013; Selaya, 2009), entre otros. Estos usan rutas alternas que unen a Iquique y Arica (lado chileno) con Oruro y La Paz (lado boliviano), respectivamente (Blanes, 2017). Se estima que existen más de 100 pasos no habilitados a lo largo de toda la frontera chileno-boliviana (Müller, 2021a), los cuales son aprovechados principalmente por la población del occidente boliviano (Llanque y Villca, 2011). En este marco, las actividades comerciales de la población local se complementan con las actividades agropecuarias (Müller, 2021b) y, en algunos casos, el emprendimiento en el rubro del transporte permite el control de las rutas (Garcés y Moraga, 2015) e integrar el ámbito local con el regional y global (Rivière, 1982).


 

 

Figura 1

Flujos de mercancías de Chile a Bolivia

Nota: Tomado de Tassi et al., 2013, p. 109.

Bajo el argumento de fortalecer el control sobre la circulación de mercancías y personas en la frontera chileno-boliviana, los Estados han asociado estas actividades con prácticas delictivas. En el caso de Chile, se implementaron el Plan Frontera Norte (2011-2014), el Plan Frontera Segura (2018) y el Plan Colchane (2021), orientados al resguardo fronterizo y a “ordenar la casa” (Dufraix et al., 2020; García-Pinzón, 2015; Tapia y Quinteros, 2023). Estas medidas estuvieron acompañadas por la restauración de la zanja fronteriza —los denominados “muros invertidos” — en el sector de Colchane, como mecanismo de contención del contrabando, el narcotráfico, la migración irregular y la trata y tráfico de personas (De Marchi y Alvites, 2022).

En el caso boliviano, se implementó la Unidad de Control Aduanero (UCA), compuesta por personal militar, policial y aduanal. Asimismo, se implementó el Sistema de Denuncias Aduaneras (SIDEA), un mecanismo destinado a reportar actividades vinculadas al contrabando. En el marco de este sistema, una vez efectuado el decomiso de la mercancía, el denunciante individual recibe el 10% del valor, porcentaje que asciende al 40% cuando la denuncia es presentada de manera colectiva por una comunidad (Aduana Nacional de Bolivia, 2024). Durante 2023, se registraron 16.758 operativos de control al contrabando, que representaron una afectación económica superior a 775,4 millones de bolivianos (Aduana Nacional de Bolivia, 2024). Solo en el caso de la ropa usada, se decomisaron 54 toneladas durante el primer trimestre de 2024.

Sin embargo, estas medidas afrontan un panorama adverso, porque al menos 400.000 familias bolivianas dependen del comercio de ropa usada, convirtiendo a la actividad en un componente estructural de la economía popular del país. Es relevante señalar que Bolivia y Chile no mantienen relaciones bilaterales formales desde 1978[7]. A pesar de ello, los flujos comerciales transfronterizos no han cesado; por el contrario, se han intensificado, mientras que la emergencia de nuevos eslabones ha contribuido al fortalecimiento de este circuito.

Los eslabones del circuito comercial de ropa usada: sus orígenes, las pacas de Zofri y la Feria 16 de Julio

El ingreso de la ropa usada a territorio boliviano comprende al menos cuatro momentos de desarrollo histórico de la actividad. El primero se remonta a la década de 1980, cuando la ropa usada ingresaba a Bolivia a través de instituciones benéficas que distribuían prendas entre familias de escasos recursos. El segundo momento se produce en la década de 1990, cuando algunos comerciantes notaron la facilidad de internar mayores volúmenes de ropa usada para comercializarla. Ya en el tercer momento, durante la década del 2000, la ropa usada se consolidó como rubro en las distintas ferias y mercados (Vidaurre, 2005). Y en base a la observación de campo, a partir del año 2010 en adelante, se distingue el cuarto momento, producto de la expansión descontrolada del fenómeno, constituyéndose en una alternativa y de complementariedad laboral por los sectores rezagados del sistema económico formal boliviano.

En el caso de Chile, la ropa usada es ingresada por los puertos del Pacífico, principalmente por la Zona Franca de Iquique[8] (en adelante denominada Zofri) que se establece en la región de Tarapacá a partir de 1975. Se trata de un espacio de exención tributaria de bienes y servicios para el desarrollo económico del norte de Chile, particularmente para la región de Tarapacá. En efecto, en lo que se refiere a las mercancías objeto de este estudio, Zofri representa un centro de acopio de la ropa usada, tanto para consumo interno en Chile, como para la comercialización a grandes escalas destinadas a la región sudamericana, principalmente a países como Bolivia, Paraguay y Perú.

En este marco, la economía de la ropa usada, entendida como un circuito comercial, se extiende desde la Zofri (Chile) hasta la Feria 16 de Julio de El Alto (Bolivia), a través de cinco eslabones interconectados entre sí. Estos eslabones funcionan como puntos de enlace del comercio de larga y corta distancia (Müller, 2022), y cada uno opera según lógicas propias, aunque en estrecha dependencia de los demás. En conjunto, articulan los circuitos del comercio global con las economías populares locales. Esta dinámica se refleja en la Figura 2.

Figura 2

Eslabones del circuito comercial de ropa usada

Nota: Elaboración propia en base a datos del trabajo de campo (2023-2024)

El primero de estos eslabones corresponde a los proveedores que son los distribuidores del norte global, quienes realizan campañas de acopio de artículos de segunda mano mediante donativos impulsados por las organizaciones no gubernamentales y de beneficencia. Entre las más destacadas se tiene al Ejército de Salvación, la fundación Good Will, la Cruz Roja, Oxfam, Second Hand las cuales recolectan prendas y otros artículos en desuso provenientes de donaciones, excedentes de temporada o productos con defectos de fabricación que permanecen aglomerada en sus almacenes. Tanto Good Will y el Ejército de Salvación se dan la tarea de clasificar los donativos para revenderlas en tiendas, el restante es comercializado al sur global en fardos (pacas) sin seleccionar con la finalidad de generar recursos y destinarlas a programas de asistencia social (Muñoz et al., 2022; Sandoval, 2022).

Aunque el discurso oficial de estas organizaciones apela a la solidaridad —ya que “ponen en espacios públicos los puntos limpios [cajas de recolección], específicos a textiles, con sus logotipos [de organizaciones humanitarias]” (Edith, 25 años, investigadora, Iquique, 2024) con el propósito de reunir ropa y distribuirla entre quienes más la necesitan—, este mecanismo naturaliza la idea de ayuda basada exclusivamente en la donación. Sin embargo, se invisibiliza que gran parte de estas prendas son destinadas a mercados del hemisferio sur (por vía marítima, terrestre y aérea) y que han generado hasta el año 2021 un movimiento económico de 9.300 millones de dólares (United Nations, 2024), aspecto que revela su carácter estructural como punto de inicio de un circuito comercial global.

Por su parte, el segundo eslabón corresponde a los importadores mayoristas, quienes operan en el barrio industrial de Zofri, donde se concentran alrededor de 50 empresas importadoras de origen pakistanís, chino, indio, boliviano y chileno, entre otras. Estas empresas funcionan en galpones o bodegas[9], habilitados como  plantas de reciclaje textil, y realizan la selección de mercadería usada, separándola en primera, segunda y tercera calidad (Torres, 2024; United Nations, 2024). También se concentran en bodegas de menor tamaño que comercializan entre 5 a 6 contenedores mensuales, en contraposición con las grandes bodegas que movilizan entre 40 y 50 contenedores al mes, empleando entre 20 a 100 trabajadores, tanto mujeres y varones de distintas nacionalidades (Muñoz et al., 2022; Torres, 2024).

En este eslabón, el proceso inicia con la descarga y apertura de las pacas[10], seguida de la selección de prendas por categorías —mujer, varón y niño—, subdivididas según la temporada y la calidad (primera, segunda y tercera), para luego proceder a la clasificación por tipo de prenda y al control de calidad bajo la responsabilidad de la encargada del taller. Finalmente se realiza el pesaje, el compactado y el empaquetamiento, conformando los fardos[11] que se incorporan al stock para su comercialización. Este volumen adquiere relevancia si se considera que la importación de ropa usada en Chile pasó de 69.011 toneladas en 2017 a un pico de 156.707 toneladas en 2021, antes de descender a 131.574 toneladas en 2022 (Calvo y Obreque, 2023). De ese volumen, el 75% del total importado se destina a mercados externos.

Son los comerciantes bolivianos quienes realizan las compras más significativas en Zofri, con vínculos consolidados por años en la actividad. Tal como refiere Samir, importador pakistaní: “siempre me llevan los fardos a Bolivia, particularmente a Oruro y La Paz. Roberto cada diez días me lleva medio contenedor, muchos bolivianos me llevan la mercadería y no tienen quejas” (Notas de Campo 1, 2023). Esta relación es sostenida en la confianza, y el paisanaje es estructural al funcionamiento del circuito.

El tercer eslabón es el de los comerciantes mayoristas bolivianos farderos. Estos adquieren grandes cantidades de fardos en la Zofri —desde medio contenedor en adelante— para trasladarlos al mercado boliviano. Su rol es articular el mercado chileno con el boliviano, y han consolidado rutas y formas de cruce fronterizo a lo largo de décadas, valiéndose de lazos de parentesco y paisanaje con las comunidades del occidente boliviano (Llanque y Villca, 2011). Este eslabón aprovecha los nexos internos entre los importadores, la población fronteriza y sobre todo del transporte. El traslado es gestionado a través de piloteros o transportistas de confianza, quienes se encargan de recoger, cargar y transportar los fardos desde Zofri en dirección a Oruro y/o La Paz. Tal como relata Martín, mayorista o fardero de la Feria 16 de Julio en Bolivia:

“la mercadería, luego de comprarla [en Zofri], tarda en llegar a la Feria [16 de Julio de] entre 30 a 40 días. Tenemos nuestros caseros con los que trabajamos y es lo mismo con los piloteros que traen los fardos” (Notas de campo 6, 2024).

Este testimonio evidencia la relación horizontal y de confianza, basada en contratos orales y acuerdos de palabra, construida por los años en base a conexiones específicas en cada nivel del circuito  (Rabossi y Tassi, 2023; Tassi et al., 2013).

Una vez en Bolivia, los farderos se establecen en puntos estratégicos de comercialización: el mercado Kantuta en Oruro, la feria de Patacamaya y la Feria 16 de Julio en La Paz. Los precios varían significativamente en todo el recorrido. Por ejemplo, un fardo de suéteres de varón de primera calidad cuesta 150 dólares en la Zofri, 170 en Patacamaya, 190 en el mercado Kantuta y 220 en la Feria 16 de Julio. El margen de incremento oscila entre el 20% al 80% —e incluso de hasta el 100%— en aquellos que comercializan los fardos por unidad, y puede alcanzar el 200% en ventas al por mayor.

Luego, la mercancía es enviada al siguiente eslabón: los comerciantes minoristas o de retail, quienes adquieren desde un fardo al mes —cada quince días o hasta que el stock se termine— hasta ocho o diez fardos mensuales, dependiendo la capacidad de clientela captada. Una vez que el fardo es de su propiedad, el comerciante lo desempaqueta y realiza la selección de las prendas entre primera (las que considera de buena calidad o de marca, sin detalles), y las segundas (las “buenas” y con algunos detalles, por ejemplo, el estar sucias, rotas, etc.), para luego plancharlas o lavarlas con la intención de exponerlas en las tiendas o en los puestos de venta.   

En este cuarto eslabón, el comerciante minorista es el encargado del mejoramiento de la imagen de la ropa usada porque se conecta directamente con el último eslabón del circuito: los consumidores. Así, tanto los vendedores como los compradores otorgan una segunda vida a las prendas (Durand, 2024), mediante una interacción constante con los clientes de clase baja, media y media alta. En este quinto eslabón, la ropa usada no representa simplemente accesibilidad (por sus precios bajos), sino también moda, calidad y exclusividad (Hernández y Loureiro, 2017). Son los consumidores quienes establecen la legitimidad última de este mercado, al atribuir a las prendas un valor que trasciende su condición de bienes de segunda mano.

El cruce de la frontera: entre el equipaje de mano y el transbordo

Las prácticas sociales transfronterizas en el circuito de ropa usada se articulan en torno a tres saberes prácticos colectivos: el saber hacer, que combina conocimientos cotidianos del medio ambiente y el territorio (Copa, 2023; Juge, 2007); el saber cruzar, que refiere a las formas concretas de pasar la frontera; y el saber llegar, que alude al conocimiento de los trayectos y destinos. Estos saberes se expresan en dos modalidades de cruce diferenciadas por el volumen de mercancía y el momento del día.

La zona fronteriza entre Chile y Bolivia impone condiciones naturales existentes, donde la altura, los bofedales, la oscilación térmica, la radiación de día, las temperaturas bajo cero de noche y la geografía abrupta (Prieto y Becker, 2023) constituyen obstáculos reales para el cruce. Sin embargo, estas mismas dificultades representan una ventaja estratégica, pues hacen imposible un control efectivo de toda la frontera. Así el saber circular, o el conocimiento del territorio y la organización socio-espacial permite atravesar el límite fronterizo para generar los “intercambios ´reales´ por oposición a los intercambios ´legales´ (…) pese las coacciones jurídicas que la frontera impone sobre los intercambios” (Juge, 2007, p. 88), identificando los momentos y puntos óptimos para el cruce tanto de día o de noche.

El contexto diurno atestigua cruces fronterizos de ropa usada, sea como equipajes de mano o en amarros de pequeñas cantidades o en uno a tres fardos que son adquiridos en los galpones de Zofri con dirección al mercado boliviano. Esta práctica es muy común en los comerciantes minoristas bolivianos —particularmente mujeres—, quienes antes del viaje dividen el fardo acomodando las mejores prendas en el equipaje de mano y el resto en gangochos[12] o amarros de bolsas plásticas. En algunos casos, el fardo entero viaja en el maletero del bus, previo acuerdo con el ayudante o el chofer. El relato de Santos, ayudante de transporte internacional entre Chile y Bolivia, describe la lógica operativa de este cruce:

“Se puede llevar la mercadería, pero en pequeños bultos, dos, tres bultos, más que todo en la ropa americana, porque antes de llegar a la tranca [control fronterizo] (…) lo que se hace es botar los bultos a la carretera (…). Ahí los contactos, ellos alzan la mercadería, lo cargan y hacen pasar la tranca por pequeños desvíos y ahí te entregan la mercadería” (Santos, 38 años, transportista, Iquique, 2024).

Este testimonio ilustra la red de contactos y vínculos que hacen factible el cruce de la ropa usada en pequeñas cantidades, mediante taxis o vehículos conocedores de la geografía y que operan en paralelo al transporte formal; recogen la mercadería antes de los controles y la devuelven en un punto acordado más adelante. La confianza y el conocimiento del territorio son el capital fundamental de este tipo de cruce. El dueño de la mercancía puede acompañar la travesía o simplemente recoger el fardo en el punto acordado.

Cuando se trata de grandes volúmenes de fardos, el cruce se realiza mediante el transbordo nocturno, siendo este el acto de trasladar la mercancía de un vehículo a otro en la zona fronteriza, fuera de los controles aduaneros bolivianos. La ropa usada sale de Chile amparada en la Solicitud de Registro de Factura (SRF), que valida su traslado hasta el límite fronterizo. A partir de ello, el transbordo ocurre en los llamados “puntos ciegos”, conocidos como los lugares sin control donde la mercadería es descargada y recargada de un transporte a otro, y continúa el recorrido hacia las ferias o mercados de Oruro (mercado Kantuta), Patacamaya (feria homónima) y La Paz (feria 16 de julio) (ver Figura 3). La descripción de Marcos, oriundo de la zona fronteriza, refleja este proceso.

“[C]omo esto también genera una clase de trabajo para los mismos [pobladores], porque transbordean, la carga transbordean (…). Se hace el descargue antes de pasar el control de la aduana, antes de pasar; y lo llevan en carretones. Así, en carretones de dos llantas, en ahí lo hacen pasar en operación hormiga, por así decirlo ¿no? Y lo almacenan (…). Entonces ahí está, hasta que tal vez ya no tengan problemas. Ahí está hasta que tenga una oportunidad y cargan de nuevo a otro camión, o a un camión ya pasado y de ahí se va a distintos destinos” (Marcos, 25 años, transportista, Iquique, 2023).

La acción del transbordo, o transbordeo como refieren los mismos actores, conlleva un entramado organizativo para determinar los puntos de carga y descarga, donde no hay controles fronterizos. Además, se emplean códigos o parámetros regulatorios internos, prevaleciendo la exclusividad de los habitantes, quienes deben tener algún parentesco o paisanaje en la zona fronteriza. No cualquiera puede realizar el transbordeo porque “todos sabemos quiénes se dedican, a qué. Por eso, (…) no puede entrar cualquiera (…), son sindicalizados, organizados con sus representantes que trabajan” (Marcos. 25 años, transportista, Oruro, 2024), mantienen un orden y están prestos a cualquier llamado que implique la actividad.

Figura 3

Rutas del comercio de ropa usada entre Chile y Bolivia

Nota: Elaborado por Bianca De Marchi Moyano (2024)

Esta estructura organizativa responde a las necesidades del entorno y constituye en los hechos un oficio transfronterizo comparable —guardando las distancias y particularidades— a las porteadoras y porteadores de Melilla (Granda y Soriano, 2023), las paseras y paseros de Paraguay (Linares, 2017) y/o las bagayeras y bagayeros de Argentina (López, 2019). Estas figuras expresan formas propias de transporte y cruce de mercancía en la frontera, además de compartir rasgos comunes: una condición étnica definida y la articulación de prácticas productivas con comerciales como sustento de vida (Dilla y Álvarez, 2018; Gauthier, 2015). De este modo, el transbordo de ropa usada en la frontera chileno-boliviana se convierte en un elemento articulador de dicho circuito, donde la frontera como recurso moviliza un saber cruzar que regula el flujo de la actividad y un saber llegar que garantiza el arribo de la mercancía a territorio boliviano.

De la restricción a la legitimidad: el desborde del mercado de ropa usada

A pesar de la prohibición establecida por el Decreto Supremo N.° 28761 de 2006, el mercado boliviano de la ropa usada no ha dejado de crecer. Este crecimiento paradójico revela una tensión estructural entre la normativa estatal y la legitimidad socioeconómica que la actividad posee entre quienes la practican y consumen. Así,  las regulaciones clasifican el estatus de la mercadería como legal e ilegal, reduciéndola a contextos netamente jurídicos y sobre todo locales, sin considerar el fenómeno como una práctica global compleja (Sandoval, 2022).

Desde la práctica social y económica, la ropa usada goza de legitimidad tanto en el consumo como en la comercialización, reflejando así el desajuste respecto a las normativas vigentes. Esta actividad se desarrolla en contextos que permiten su circulación (Chile) y en otros que la restringen (Bolivia), evidenciando que las fronteras no son únicamente obstáculos, sino también límites blandos y difusos (Mezzadra y Neilson, 2017) que habilitan cierto desborde del control en las trayectorias que las atraviesan. Así lo menciona Dina, una comerciante de la Feria 16 de Julio:

“Ahora, el ingreso por las fronteras, yo entiendo que está muy controlado. Pero la pregunta es, entonces: ¿Cómo entra? Uno dice: ¡Hay control!, ¡hay control!... Aunque sí, a veces se puede ver en las noticias televisivas que queman [la ropa usada y el transporte incautado] todo eso, pero igualito nomas está entrando [por la frontera]. Entonces: ¿En cuánto? Es más, yo puedo asegurar que entra más que antes; no como antes, ahora entra más. Si hay control, yo pienso que es descontrol y no es control, entonces hay más [ropa usada]” (Dina, 57 años, comerciante, La Paz, 2024).

Esta apreciación es un reflejo del cuestionamiento a los resguardos fronterizos instaurados bajo acciones conjuntas entre las instituciones bolivianas que no logran frenar la actividad, sino que la desplazan hacia nuevas rutas o modalidades. En 2022 se estimaron 156.000 toneladas de ropa usada comercializadas en Bolivia, frente a cerca de 54 toneladas decomisadas en los primeros tres meses de 2024 (Menacho, 2024). La desproporción entre el volumen del mercado y el de los decomisos evidencia los límites estructurales del control fronterizo.

Esta situación se explica, en parte, por lo que Cottyn (2021) denomina la inevitabilidad de los circuitos económicos transnacionales, ya que frenar el contrabando en una frontera de 861 km con más de 100 pasos no habilitados requeriría recursos estatales desproporcionados (Cottyn, 2021). Asimismo, se explica por las negociaciones y confrontaciones de legitimidad entre los actores del circuito y los encargados del resguardo fronterizo (Müller, 2021a). Aspectos que conllevan a la generación de zonas de tolerancia implícita entre ellas las ferias y mercados de Oruro, Patacamaya y El Alto, donde se comercializa la ropa usada a nivel local y regional.

El mercado Kantuta de Oruro, desde 1985, se posicionó como el principal centro de distribución mayorista de ropa usada en Bolivia. Este mercado es conocido como el “puerto seco” de dicha mercadería (León et al., 2003), porque es un centro de distribución a nivel nacional donde acuden comerciantes de distintos lugares, particularmente de La Paz, Cochabamba, Potosí, Tarija y Santa Cruz. Así lo menciona Keila, una comerciante de este mercado: “ellos quieren más en cantidad (…), unos cinco u ocho [fardos], y quieren un solo ítem [sea de camisa, chompa, etc.], o dos ítems” (Keila, 27 años, comerciante, Oruro, 2024), para luego trasladarlas a sus regiones.

Por su parte, la Feria 16 de Julio en El Alto de La Paz, desde la década de 1990, es el principal espacio del comercio de ropa usada al por menor. Esta feria en la actualidad se extiende al menos en 250 hectáreas, donde interactúan comerciantes y compradores de La Paz e incluso de otros países, quienes buscan prendas específicas. Al respecto, Dina explica: “estas chompas eran muy deseadas por los peruanos y no tanto por los paceños (…), llegaban ellos y automáticamente se escogían y se llevaban cinco o seis prendas” (Dina, 57 años, comerciante, La Paz, 2024).

Esta actividad se ha expandido a otras ferias rurales como la de Patacamaya, donde los comerciantes refieren que “recién desde el 2019 se empezó a vender los fardos en camiones (…), al principio venían los comerciantes de las comunidades cercanas (…), ahora vienen comerciantes de La Paz, Cochabamba y Santa Cruz” (Ana, 42 años, comerciante, La Paz, 2024). Esta expansión territorial es la expresión más clara del desborde de la restricción estatal.

La ropa usada no solo circula a pesar de la prohibición, sino también con la creciente organización, cobertura geográfica y legitimidad social. Son los consumidores quienes establecen su legitimidad final en los mercados o ferias, al otorgarle una segunda vida a las prendas. Esta práctica se torna compleja por la adaptabilidad que presenta en todos los niveles, tanto local, regional o global, y por la imposibilidad del Estado de controlar los múltiples puntos de ingreso y salida en una frontera de esta extensión y porosidad.

CONCLUSIONES

Este trabajo ha demostrado que el circuito comercial de la ropa usada entre Chile y Bolivia configura una relación de interdependencia comercial sostenida por una asimetría normativa, donde la permisividad chilena impulsa la oferta y la restricción boliviana paradójicamente amplia la demanda al convertir la frontera en un recurso. Esta dinámica se sostiene gracias a la articulación de cinco eslabones que conectan a grandes proveedores o recolectores internacionales con compradores locales, pasando por los importadores, mayoristas, minoristas y consumidores. Cada eslabón cumple una función específica e insustituible, desde la recolección y selección de prendas hasta su mejoramiento y comercialización final, configurando un circuito que opera con lógica propia y adaptada al contexto fronterizo.

Los eslabones son fundamentales en tanto constituyen los nexos de contacto y enlace del circuito, tanto en sus dimensiones verticales (vinculación con el capitalismo global) como horizontales (redes de paisanaje, parentesco y confianza). Su funcionamiento depende de dos factores transversales: la legitimidad que comerciantes y consumidores otorgan a la ropa usada como mercancía, y el relacionamiento horizontal basado en cohesión social, contratos orales y acuerdos de palabra. Estos aspectos cohesionan y fortalecen el desarrollo de los mercados globales del norte con las economías populares del altiplano boliviano. 

Las prácticas sociales transfronterizas constituyen otro eje explicativo fundamental porque es en base a ellas que se articula el circuito. Su organización gira en torno a tres saberes prácticos colectivos. El saber hacer es la base del conocimiento cotidiano que permite aprovechar la geografía fronteriza. El saber cruzar se expresa en dos modalidades diferenciadas: el cruce diurno en pequeñas cantidades, protagonizado principalmente por mujeres comerciantes minoristas, y el transbordo nocturno de grandes volúmenes, realizado por redes de trabajadores sindicalizados de la zona fronteriza. El saber llegar refiere al conocimiento acumulado de rutas, puntos de control y destinos que garantiza que la mercancía complete su trayecto.

En ese contexto, el transbordo emerge como un oficio transfronterizo específico de la frontera chileno-boliviana. Considerada como una actividad que emplea la fuerza masculina organizada exclusiva de los habitantes de la franja fronteriza, con estructura propia, códigos internos y especialización de funciones, este oficio es el eslabón invisible que hace posible la continuidad del circuito de ropa usada frente a las restricciones estatales. 

Más allá de la dicotomía legal-ilegal, la ropa usada asume un estatus asignado por la frontera, donde demuestra una notable adaptabilidad a las dinámicas de todos los niveles, sea local, regional o global.  Y, ante la restricción boliviana, lejos de frenar el mercado, este ha alimentado su crecimiento (de 8.000 toneladas en 2005 a 156.000 en 2022). El desajuste entre el volumen del mercado y la capacidad de control estatal revela los límites de una política prohibicionista aplicada sobre una frontera extensa, porosa y habitada por comunidades con larga tradición de comercio transfronterizo.

El aporte de este estudio radica en visibilizar dos dimensiones poco exploradas en la región. En el campo de los estudios fronterizos, visibiliza cómo la frontera opera no solo como límite o barrera, sino también como recurso que genera oportunidades y prácticas sociales específicas. En el campo de las economías populares, presta atención a las formas de cruce fronterizo, una dimensión poco abordada por los estudios previos, y muestra cómo el circuito de ropa usada trasciende la escala nacional para constituirse en un fenómeno de impacto regional y global. Al articular ambas perspectivas, el circuito comercial de ropa usada deja de entenderse como un fenómeno de impacto meramente nacional y puede ser comprendido en su verdadera dimensión regional. 

En definitiva, el comercio de ropa usada en la frontera chileno-boliviana es un fenómeno flexible, resiliente y legítimo, sostenido por la experiencia histórica de una economía popular de raíz indígena que ha sabido identificar y aprovechar las oportunidades que ofrece la porosidad territorial. La geografía y extensión de la frontera, más que un obstáculo se convierte en condición de posibilidad para un circuito que continúa expandiéndose y ganando presencia en los mercados locales, regionales y globales. Lejos de debilitarse, este comercio persiste como expresión viva de la agencia económica de estos actores frente a las transformaciones del capitalismo contemporáneo.

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[1] Este estudio fue realizado gracias al patrocinio de la Agencia Chilena de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AGCID) 2023-2024.

[2] La ropa usada también es considerada popularmente como ropa americana, ropa a medio uso, prendería a medio uso o ropa de segunda mano (Trabajo de campo 2023-2024).

[3] Los farderos son comerciantes mayoristas bolivianos que adquieren grandes cantidades de fardos (amarros de ropa usada) en la Zona Franca de Iquique en Chile, para transportarlos y comercializarlos en los mercados de Bolivia, tanto al por mayor como al por menor.

[4] El antecedente del comercio de ropa usada en Chile se remonta al año de 1976 en el barrio Patronato del epicentro de Santiago donde se instaló la primera tienda de venta de ropa usada por Willian Banduc (Calvo y Obreque, 2023). La razón de ello desembocaría en la crisis de ese momento y la transición hacía la neoliberalización de los mercados, principalmente con el establecimiento y funcionamiento de la Zona Franca de Iquique (Zofri) en el norte chileno, considerado como un enclave comercial de exención arancelaria (Gonzáles, 1985).

[5] Bolivia, al compartir frontera con cinco países (Perú, Chile, Argentina, Paraguay y Brasil), habilita nueve pasos terrestres para la importación de mercancías: Tambo Quemado-Charaña-Arica, Bella Vista-Pisiga-Iquique y Uyuni-Oyague-Antofagasta, en la frontera chileno-boliviana; La Quiaca-Villazón, Orán-Bermejo y Yacuiba-Pocitos en la frontera argentino-boliviana; Desaguadero en la frontera peruano-boliviana; y Puerto Suárez-Corumbá, Guayaramerín-Cobija-Amazonas en la frontera entre Brasil y Bolivia. 

[6] Entre las 9 vías de acceso de las importaciones a Bolivia, la de la frontera chileno-boliviana representa la suma de 1.169.063 toneladas; la frontera brasileño-boliviana, 702.286 toneladas; la frontera argentina-boliviana, 482.684 toneladas; y la frontera peruano-boliviana, 108.897 toneladas (Instituto Boliviano de Comercio Exterior [IBCE], 2023). Los datos reflejan que la frontera chileno-boliviana es la más activa en términos de importaciones de mercancías para la economía de Bolivia.

[7] Bolivia y Chile no comparten relaciones bilaterales desde 1978, por causales de las diferencias suscitadas en la Guerra del Pacífico de 1879. Aspecto que no impidió el desarrollo de los Comités de Frontera y los intercambios económicos en la contemporaneidad.

[8] Para más información respecto a la Zona Franca de Iquique, véase desde una perspectiva histórica a Gonzáles (1985), desde una perspectiva industrial a Gonzáles (1992) y desde una perspectiva del trabajo con carácter informal a Icarte, Torres y Ramos (2018) y a Torres (2024).

[9] Las bodegas o galpones de ropa usada se localizan entre las calles Santa Cruz y Mapocho, cada una se establece en una superficie de al menos 6.000 m² (Muñoz et al., 2022) y comparten entre dos a tres niveles o pisos. El primer piso sirve para el almacenaje de las pacas y el acopio de los fardos para la venta y la atención al público. Entre el segundo y tercer piso están las oficinas de la empresa y los talleres de selección de la mercadería de segunda mano.

[10] La paca alude a un envoltorio de ropa usada de un metro cúbico, con un peso aproximado a una tonelada. Por su peso, es manipulada mediante maquinaria de carga, para luego ser colocada en lugar específico en inmediaciones de la bodega. 

[11] Un fardo de ropa usada tiene un peso estándar de 45 kg., y en el interior se encuentran prendas procedentes de Estados Unidos, Canadá, Japón, Suecia, Alemania, Italia y del resto del mundo.

[12] El gangocho o el saco de yute, como se lo conoce popularmente en Bolivia, está hecho de material sintético o en tejido de yute. Normalmente es de color celeste y tiene un diámetro de al menos 80 centímetros de largo por 50 centímetros de ancho (Observación en terreno, agosto de 2024).