Revista Veritas Et Scientia - Perú

Vol. 14. N° 2

Julio  – Diciembre de 2025

ISSN Edición Online: 2617-0639

https://doi.org/10.47796/ves.v14i2.1399

ARTÍCULO ORIGINAL

REDEFINIENDO LA MOVILIDAD MINERA: ESPACIO Y SOCIALIZACIÓN DE TRABAJADORES MINEROS CONTEMPORÁNEOS ENTRE Y A TRAVÉS DEL DESIERTO DE ATACAMA[1]

Redefining Mining Mobility: Space and Socialization of Contemporary Mine Workers Across and Through the Atacama Desert

 

File:ORCID iD.svg - Wikimedia Commons Lukas Horstmeier Mondaca

Universidad de Tarapacá

https://orcid.org/0009-0005-7687-8092

 

 

 

Recibido: 13/10/2025

Aceptado: 28/11/2025

Publicado On-line: 30/12/2025

 

Resumen

Este artículo examina las dinámicas socioespaciales de la movilidad laboral minera en el norte de Chile a partir de una etnografía multisituada realizada en los espacios de tránsito de Tocopilla y Antofagasta. A diferencia de las definiciones institucionales de “conmutación laboral”, centradas en la medición funcional del trayecto origen–destino, el estudio muestra que la movilidad constituye una experiencia encarnada que reorganiza usos del espacio, produce sociabilidades y genera significados afectivos en contextos de espera. A través de observaciones etnográficas y análisis inductivo, se demuestra que los terminales y aeropuertos, frecuentemente conceptualizados como no-lugares, son activados como “lugares móviles” cargados de interacciones, vínculos y prácticas de género que revelan la densidad social del tránsito minero. Los hallazgos permiten cuestionar el carácter mecanicista de la definición técnica de conmutación del Consejo de Competencias Mineras (CCM) e invitan a comprender la movilidad como dimensión central en la producción social del espacio en el régimen minero neoliberal. El artículo contribuye a una lectura crítica de la espacialidad extractiva contemporánea, evidenciando cómo los trabajadores resignifican el territorio a través de su desplazamiento constante.

Palabras Clave: minería, movilidades, lugares móviles, significación.

Abstract

This article examines the socio-spatial dynamics of mining labor mobility in northern Chile through a multi-sited ethnography conducted in the transit spaces of Tocopilla and Antofagasta. In contrast to institutional definitions of “labor commuting,” which emphasize functional measurements of origin–destination flows, the study shows that mobility is an embodied experience that reorganizes spatial practices, produces forms of sociability, and generates affective meanings within contexts of waiting. Through ethnographic observations and inductive analysis, the findings reveal that bus terminals and airports—often conceptualized as non-places—are activated as “mobile places” filled with interactions, gendered practices, and relational dynamics that expose the social density of mining transit. The results challenge the mechanistic approach of the Chilean Mining Skills Council’s (CCM) definition of commuting and argue for understanding mobility as a central dimension in the social production of space under the neoliberal mining regime. The article contributes to a critical interpretation of contemporary extractive spatialities, demonstrating how workers re-signify the territory through their constant displacement.

Keywords: Mining, Mobilities, Mobile Places, Meaning-Making.

INTRODUCCIÓN

Desde los primeros asentamientos salitreros de fines del siglo XIX hasta la expansión contemporánea de la minería del cobre, el norte grande de Chile ha sido escenario de una transformación productiva y territorial que expresa las distintas fases del capitalismo. Los antiguos company towns, concebidos como espacios de fijación de la fuerza laboral, autosuficientes en medio del desierto, materializaron una forma de organización social y espacial en la que la empresa controlaba de manera integral la vida cotidiana de los trabajadores: sus viviendas, servicios, consumo y tiempo libre. Estas ciudades-empresa, —entre cuyos ejemplos destacan asentamientos como Humberstone, María Elena y Santa Laura— materializaron una utopía industrial moderna, conjugando la adyacencia entre el lugar de trabajo y de residencia, junto a las dinámicas de explotación patronal (Artaza Barrios, 2018). Sin embargo, el agotamiento del ciclo salitrero, la crisis de capitalismo industrial en 1929 y la progresiva liberalización económica que comenzó a imponerse desde el último tercio del siglo XX dieron paso a un nuevo régimen de acumulación, cuyas manifestaciones socio-espaciales se harían más evidentes en el auge del cobre, desembocando en el paulatino abandono del modelo del company town. En este contexto, la desaparición paulatina del modelo de company town salitrero dio origen a las denominadas “ciudades del cobre”, como Chuquicamata, la cual se consolidó durante la incipiente industria cuprífera de capital transnacional como la Chile Exploration Company. Estas ciudades representaron una forma intermedia entre el enclave cerrado y la urbanización abierta, funcionando como nodos articuladores entre las faenas mineras y la vida urbana (Garcés, 2003; Garcés et al., 2018).

A partir de mediados de la década de 1980, la gran minería del cobre experimentó un proceso de expansión que puede ser entendido como el relevo histórico del ciclo salitrero. Este nuevo auge, sustentado en la apertura del país al capital transnacional y en la aplicación de políticas neoliberales impulsadas durante la dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet (1973–1990), tuvo como objetivo contrarrestar las reformas socialistas, entre ellas la nacionalización del cobre acontecida en el gobierno de la Unidad Popular (1970-1973), y transformó radicalmente el modelo de desarrollo chileno. La liberalización del mercado, la desregulación tributaria y la atracción de inversión extranjera generaron las condiciones para una modernización tecnológica del sector, posicionando a Chile como el principal productor mundial de cobre en pocas décadas (Caputo Leiva, 2002; Folchi, 2003; Lagos y Peters, 2010; Sturla et al., 2018). 

Con el avance de las políticas neoliberales y la introducción de los regímenes de conmutación laboral a partir de la década de 1980, el modelo de ciudad-empresa, como lo fueron los company town salitreros y las ciudades del cobre, comenzó a transformarse: la empresa se desentendió progresivamente de la reproducción social de la fuerza de trabajo, trasladando dicha responsabilidad a las ciudades y a los propios hogares (Guerrero, 2014). Así, el abandono del ideal de comunidad minera dio paso a un orden espacial fragmentado y flexible, donde la movilidad laboral, más que la residencia estable, pasó a constituir el principio organizador del territorio minero contemporáneo. (Garcés, 2003; Garcés et al., 2018) 

Este nuevo orden fragmentado y flexible no debe entenderse únicamente como una transformación cualitativa en la transición desde el company town hacia las llamadas ciudades del cobre y su posterior abandono. Más bien, constituye el resultado de las nuevas condiciones que el capital minero produjo en el marco del devenir de la economía política chilena, generando efectos socioespaciales de gran alcance que trascienden los límites geográficos regionales. En este contexto, la actividad extractiva de gran escala impulsó procesos de urbanización desigual y configuró polos de atracción migratoria estrechamente dependientes tanto de los flujos globales de capital como de la movilidad permanente de la fuerza de trabajo (Bahr, 1980; Echagüe, 2019; Stefoni et al., 2021; Lagos y Blanco, 2010; Valdebenito, 2018).

Ahora bien, esta movilidad permanente de la fuerza de trabajo ha sido conceptualizada, desde organismos técnicos chilenos como el Consejo de Competencias Mineras (CCM), bajo el término de conmutación laboral. Para dicho organismo, se entiende por conmutación el trayecto desde el hogar hasta el lugar de trabajo, solo cuando este implica un traslado que abarca al menos una región (Consejo de Competencias Mineras, 2017). Tal definición adolece de la profundidad y complejidad necesarias para visualizar las particularidades cualitativas de los distintos trayectos realizados por los trabajadores de las diversas faenas extractivas que operan en el país. Por lo tanto, el fenómeno ha sido abordado de una manera técnica y mecanicista (atendiendo únicamente al trayecto origen–destino) ignorando las aristas fenomenológicas propias de la experiencia de desplazarse a través del territorio y trabajar bajo un sistema de alta movilidad

MATERIALES Y MÉTODOS

La estrategia metodológica adoptada fue de carácter cualitativo e interpretativo, con énfasis en la etnografía multisituada (Marcus, 1995), concebida como una herramienta para capturar las tramas relacionales que conectan distintos espacios de la vida minera contemporánea. Este enfoque permitió analizar la movilidad laboral más allá de las faenas productivas, atendiendo a terminales de transporte, lugares de tránsito y espacios intermedios donde se articulan prácticas cotidianas de los trabajadores. La elección de esta perspectiva responde a la necesidad de abordar un fenómeno que, por sus particularidades territoriales y por cómo ha sido abordado epistemológicamente, desborda los límites tradicionales del trabajo de campo localizado, exigiendo una observación extendida en diversos escenarios espaciales.

En este marco de una etnografía concebida a través de múltiples espacios, la reflexividad se vuelve no solo una herramienta interpretativa, sino una dimensión constitutiva del método. Tal como plantea Marcus (1995), la movilidad entre sitios y la superposición de discursos entre investigador y sujetos dificulta cualquier pretensión de exterioridad, obligando a reconocer el carácter situado y cambiante del posicionamiento etnográfico. Desde esta perspectiva, la escritura de las anotaciones de campo, asumidas explícitamente desde una voz subjetiva, no representa una desviación del rigor metodológico, sino una vía para desplegar las condiciones concretas de interacción, afinidad y distancia que configuran la producción del relato etnográfico. La reflexividad opera, así, como un ejercicio de autolocalización crítica que, lejos de eclipsar el análisis, permite comprender cómo la experiencia encarnada del trabajo de campo se articula con las dinámicas más amplias del fenómeno estudiado.

El trabajo de campo se desarrolló en la Segunda Región de Antofagasta entre julio y agosto de 2025, Para este artículo se consideraron dos centros urbanos: Tocopilla y Antofagasta, que en conjunto estructuran una porción relevante del entramado espacial del territorio minero contemporáneo. Antofagasta funciona como polo urbano que atrae una fracción considerable de la fuerza laboral móvil, recibe aproximadamente 55,000 trabajadores provenientes de otras regiones (CCM y Eleva, 2024). Tocopilla, por su parte, conocida como “la capital de la energía”, se configura como un nodo periférico conectado a la cadena productiva y energética del cobre. Esta relación territorial establecida permitió observar la movilidad minera como un sistema relacional y multiescalar, en el que los espacios de tránsito cobran sentido de formas específicas por parte de los trabajadores.

En relación con los puntos de observación, en la ciudad de Tocopilla el trabajo se realizó en el terminal de buses de la ciudad ubicado en avenida Arturo Prat 2155, seleccionado por su relevancia como punto de tránsito y desplazamiento para los trabajadores del sector. Finalmente, en Antofagasta, el registro se desarrolló en el aeropuerto Andrés Sabella, cuya elección se fundamenta en su importancia para la movilidad laboral y su carácter de espacio de espera y circulación dentro de las dinámicas de desplazamiento minero.

Para el registro etnográfico se recurrió a una libreta de campo en la que se consignaron, de manera sistemática, los elementos más relevantes de cada situación observada, incluyendo descripciones de prácticas, interacciones, disposiciones espaciales y atmósferas que caracterizaron los distintos contextos de movilidad minera. Estas anotaciones no solo buscaron documentar hechos, sino también capturar impresiones, emociones y preguntas que emergieron durante la observación, entendidas como parte constitutiva del propio posicionamiento del investigador. Posteriormente, este material fue desarrollado en forma de relatos etnográficos que permitieron articular descripciones y reflexiones con procesos de interpretación inicial, favoreciendo la emergencia de la reflexividad como dimensión central del trabajo de campo.

Las observaciones se orientaron a registrar e interpretar cómo los trabajadores se desenvuelven en los lugares de tránsito, explorando su relación con el uso del espacio público, los tiempos de espera y las rutinas asociadas a la movilidad. Se buscó comprender de qué maneras estos espacios permiten la producción y/o reproducción de prácticas sociales, sentidos espaciales y vínculos interpersonales que pasarían inadvertidos si nos limitamos a la definición institucional de conmutación.

La observación fue complementada con el análisis de documentos técnicos elaborados por el Consejo de Competencias Mineras (CCM), con el fin de contrastar la definición institucional de “conmutación laboral” —centrada en la medición funcional del desplazamiento interregional— con las experiencias vividas de movilidad registradas en terreno. Este contraste permitió evidenciar tensiones entre los enfoques mecanicistas de la movilidad y sus dimensiones fenomenológicas y sociales.

El tratamiento analítico de la información se basó en un enfoque inductivo orientado a vincular las experiencias empíricas con los marcos teóricos propuestos. Se consideró la producción social del espacio (Smith, 2020), que plantea que el espacio posee un carácter propiamente social inseparable de su dimensión natural, y cuya producción se encuentra determinada por las relaciones sociales propias del modo de producción capitalista. Además, se incorporaron los aportes sobre movilidades y prácticas cotidianas como elementos clave en la producción y uso del espacio (Sheller, 2017), así como los diálogos entre los “no lugares” (Augé, 1992) y los “lugares móviles” (Jirón e Iturra, 2011), que permiten reinterpretar los espacios de tránsito y de espera no como zonas vacías o impersonales, sino como escenarios significados de interacción social.

Resultados

En el caso de la ciudad de Tocopilla, la observación estuvo marcada por la alerta de tsunami decretada para toda la costa del Pacífico tras el terremoto ocurrido en Rusia el 30 de julio. Este evento retrasó las salidas de buses, dado que el terminal se encuentra en una zona de evacuación ante riesgo de inundación. Aun así, la interrupción del servicio no impidió que los trabajadores varados continuaran activando el espacio, otorgando vitalidad al terminal y a sus alrededores mediante conversaciones, desplazamientos breves y usos improvisados del lugar mientras esperaban la normalización de las salidas. En este contexto particular de espera prolongada, llamó la atención la dinámica del grupo de trabajadoras de Sodexo, empresa encargada de los servicios de hotelería, compuesto íntegramente por mujeres, cuya interacción fue de especial interés.

“A un costado del terminal, en una intersección que bajaba hacia el borde costero, me planté a observar. Frente a mí, un grupo de mujeres de mediana edad (ninguna aparentaba más de 50 pero tampoco menos de 30) se reunía en la entrada de una casa con una pequeña escalera en su frontis. Algunas de ellas se encontraban sentadas en la escalerita con sus maletas a sus lados, tres de ellas para ser exacto. Al principio no les presté mucha atención, hasta que me pregunté: “¿Por qué esperarían juntas un bus?”. Obviamente la gente tiende a hacerlo en familia o entre amigos, pero ellas eran todas de edad similar aparentemente, sin niños o parejas, al menos por lo que cabría esperar por cómo se relacionaban entre sí. Intuí entonces que eran trabajadoras de alguna faena minera. (…) Como no tengo la personalidad suficiente para sacar conversación a desconocidos, pensé que hubiese sido útil tener un cigarro para pedir fuego, habría sido una buena estrategia para poderme acercar y, con algo de suerte, sacarles algunas palabras.

La mayoría de ellas fumaban animadamente mientras comentaban jocosamente los chismes de compañeras ausentes o relataban airadamente los conflictos con sus supervisores; al parecer era un lugar seguro entre ellas para hablar ese tipo de cosas. (…) Según lo que se comentaba entre ellas, se desempeñaban en el área de servicios y gestión de instalaciones, lo que comúnmente se conoce como área hotelera en faenas mineras: aseo, alimentación, recepción, etc. (…) Los servicios ofrecidos por estas empresas son principalmente ligados al aseo y a la alimentación, y corresponden a roles asociados al espacio doméstico e históricamente feminizados. Por lo tanto, en el trabajo de faena se reproducen ciertos roles de género y en esta espera catastrófica, las mujeres se encuentran agrupadas entre ellas, mientras los hombres esperan con sus propios congéneres. Solo algunos pocos intrépidos se mezclan con el género opuesto.” (Registro de campo, Tocopilla 30 de Julio del 2025)

A partir del extracto del registro realizado el 30 de julio en la ciudad de Tocopilla, es posible interpretar cómo el espacio —particularmente los alrededores del terminal de buses— es activamente empleado como soporte para las interacciones sociales. El fragmento citado, “La mayoría de ellas fumaban animadamente mientras se comentaban jocosamente los chismes de compañeras ausentes o relataban airadamente los conflictos con sus supervisores; al parecer era un lugar seguro entre ellas para hablar ese tipo de cosas”, muestra cómo un espacio de tránsito y espera puede transformarse en un contexto propicio para la socialización. En este caso, el terminal se configura como un entorno donde las y los trabajadores no solo pasan tiempo, sino que también construyen vínculos íntimos de confianza y comparten experiencias laborales que difícilmente podrían expresarse en otros espacios más regulados, vigilados o jerarquizados.

Asimismo, el hecho de que hombres y mujeres esperaran en grupos separados evidencia que el espacio no es neutro, sino que se encuentra significado sexo-genéricamente. Como señala Falabella (2022), la producción social del espacio está atravesada por relaciones de género que organizan de manera diferencial los usos y significados del territorio. Esta separación sugiere la existencia de códigos tácitos de comportamiento y pertenencia, mediante los cuales los sujetos organizan la ocupación del espacio y delimitan con quiénes interactúan. En conjunto, estas observaciones permiten comprender cómo los lugares de espera adquieren densidad social y afectiva, funcionando como escenarios donde se negocian identidades, relaciones laborales y formas de habitar la movilidad.

En el caso de la ciudad de Antofagasta, la observación se realizó en el aeropuerto Andrés Sabella, un espacio considerablemente más concurrido que el pequeño terminal de Tocopilla. En el primer piso del recinto se ubica un restaurante denominado “La Última Llamada”, que cuenta con aproximadamente doce mesas y donde, además de comida, se venden bebidas alcohólicas. Dado que la visita coincidió con un día martes, momento en el que se produce el recambio de trabajadores que cumplen turnos 7x7, el lugar se encontraba particularmente atiborrado, convirtiéndose en un punto de reunión y tránsito intensivo para la fuerza laboral minera. 

“Una vez adentro del aeropuerto fue notoria la gran cantidad de hombres con el look faenero pululando por las instalaciones, yendo y viniendo; otros sentados, cabizbajos con la mirada clavada en el celular y con un semblante de apatía por el entorno; otros de pie y fumando afuera en grupo. Muchas cosas sucediendo. Pero al igual de como pude observar en otras ocasiones, es fácil notar cuando son personas que se están desplazando por trabajo minero y no por otro tipo de trabajos o por placer. Suelen ir en grupos y con ropas similares (…) Una reflexión que me viene mucho a la mente es como la espera está de masculinizada. En la ciudad de Tocopilla vi a un grupo de mujeres esperando, trabajadoras de Sodexo, pero en esta instancia los hombres son definitivamente quienes dominan la escena y ofrecen bastante para mirar.

Dentro del aeropuerto hay una suerte de fuente de soda, que está copada de varones bebiendo efusivamente cerveza en shops de 500cc. Casi nadie come, y si están comiendo es una chorrillana para compartir mientras beben. Están hablando fuerte. Se están riendo fuerte, como si no se tratase de un aeropuerto y de un espacio público, sino de una fuente de soda común y corriente, de esas que se pueden encontrar fácilmente en el centro de cualquier ciudad. ¡Qué más puedo decir! Algunos de ellos están notoriamente alcoholizados (…)

Por algunas de sus conversaciones, puedo notar que están esperando sus vuelos y que no llegaron hace pocos instantes, ya que se les ve bien instalados bebiendo y compartiendo. Me imagino que cuando se trata de la llegada al turno, el tiempo es más apremiante y no da espacio para este jolgorio. El fin de la faena parece ser más holgado y el momento en el cual se pueden liberar las pasiones contenidas durante los arduos días de trabajo. Uno de ellos pasó por mi lado hablando por celular:“Mi amor, aún no sale el vuelo, a la noche estaré por allá”. Efectivamente estos hombres vuelven a casa.” (Registro de campo, Antofagasta 5 de agosto del 2025)

En este caso, resulta evidente que, aun cuando un aeropuerto está diseñado como un espacio de tránsito y espera, los trabajadores lo transforman activamente mediante diversas prácticas de socialización. Desde la perspectiva de las movilidades, los espacios asociados al desplazamiento no deben entenderse como escenarios meramente funcionales, sino como “culturas de movimiento” donde se producen significados, afectos y relaciones situadas (Jensen, 2009). La presencia y consumo de bebidas alcohólicas contribuyen a generar un ambiente que, para un observador externo, puede percibirse como festivo o desbordado respecto de lo que convencionalmente se espera en un recinto aeroportuario. Esta situación revela cómo los trabajadores reinterpretan el espacio público, resignificando la espera no como un tiempo muerto, sino como una instancia legítima para el esparcimiento, la distensión y, en ocasiones, la celebración colectiva. La espera, por tanto, deja de ser un intervalo pasivo para convertirse en un momento cargado de densidad social, afectiva y laboral.

Asimismo, se observa una marcada masculinización del espacio, ya que la casi totalidad de los presentes correspondía a trabajadores hombres. Esta composición refuerza la idea de que la configuración social de la espera está atravesada por claves sexo-genéricas que estructuran no solo con quién se comparte el tiempo y el espacio, sino también los modos en que este es vivido, expresado corporalmente y preformado como parte de una identidad laboral (Falabella, 2022).

DISCUSIÓN

Las dinámicas observadas tanto en el terminal de buses de Tocopilla como en el aeropuerto de Antofagasta permiten articular de manera directa los registros etnográficos con el marco teórico previamente expuesto, particularmente en lo referido a la producción social del espacio, la movilidad como práctica cotidiana y la cualificación simbólica de los lugares de tránsito. En primer lugar, siguiendo a Smith (2020), el espacio no puede entenderse como un mero contenedor neutral donde los sujetos se desplazan, sino como un producto social en permanente configuración. En los casos analizados, esta producción se evidencia en la manera en que los trabajadores transforman contextos pensados para la circulación (un terminal de buses y un aeropuerto) en escenarios socialmente densos, donde emergen vínculos afectivos, conversaciones íntimas, disputas simbólicas respecto al espacio público y formas específicas de habitar la espera. Tales prácticas ponen de manifiesto que la movilidad laboral no es únicamente un fenómeno funcional ni mecánico, sino una dimensión encarnada que reorganiza usos del espacio y cataliza relaciones sociales en contextos transitorios.

Desde la perspectiva de las movilidades, Sheller (2017) plantea que el movimiento es un componente constitutivo de la vida social y que, por lo mismo, los espacios asociados al tránsito deben analizarse como lugares donde se producen relaciones, afectos y subjetividades. Este enfoque permite comprender por qué, aun en medio de una alerta de tsunami, el terminal de Tocopilla funcionó como un espacio relacional en el que las trabajadoras de Sodexo compartían anécdotas, emociones y tensiones laborales. Lo mismo ocurre en el aeropuerto de Antofagasta, donde la presencia mayoritaria de trabajadores hombres y el consumo de bebidas alcohólicas resignifican la espera, convirtiéndola en un momento de distensión colectiva que reconfigura tanto el uso material del espacio como sus significaciones sexo-genéricas, las cuales encuentran su sentido en la movilidad de la fuerza de trabajo. Estos comportamientos evidencian que los espacios de tránsito, lejos de ser vacíos o impersonales, constituyen escenarios privilegiados para observar prácticas de sociabilidad vinculadas al trabajo minero, pues allí se despliegan expresiones identitarias, se reafirman pertenencias y se negocian formas de masculinidad y feminidad asociadas al mundo laboral.

Este análisis se sostiene en los aportes del paradigma de las movilidades, que invita a desplazar la mirada desde los lugares estáticos hacia los flujos, trayectorias, ritmos y prácticas que constituyen la vida social contemporánea. Como sostienen Sheller y Urry (2006), las movilidades no pueden comprenderse únicamente como desplazamientos físicos, sino como ensamblajes socio-materiales que involucran cuerpos, infraestructuras, tecnologías, afectos y relaciones de poder. Desde esta perspectiva, los espacios intermedios (terminales, aeropuertos, zonas de espera) adquieren centralidad analítica al operar como escenarios donde se producen significados, se reorganizan temporalidades y se configuran modos específicos de habitar la movilidad en el contexto del trabajo minero del Norte Grande.


Asimismo, la articulación entre los conceptos de no-lugar (Augé, 1992) y lugares móviles (Jirón e Iturra, 2011) resulta especialmente pertinente para interpretar los registros. Si bien tanto el aeropuerto como el terminal de buses podrían considerarse espacios de anonimato, circulación y anonimidad (características propias de los no-lugares) los trabajadores los dotan de sentido mediante rutinas, afectos y relaciones de confianza, transformándolos en lugares socialmente significativos. En este sentido, la etnografía evidencia que, en contextos de movilidad laboral intensiva, los espacios de tránsito se convierten en lugares móviles: espacios que se activan subjetivamente a través del movimiento y de los encuentros recurrentes entre trabajadores. Esta activación no solo cuestiona la supuesta neutralidad y anonimato de la espera y de los lugares donde esta se produce, sino también la idea de que los sujetos “simplemente pasan” por estos lugares; por el contrario, los habitan, los apropian y los dotan de significados que se actualizan en cada desplazamiento.

CONCLUSIONES

Finalmente, los resultados permiten cuestionar de forma crítica la definición institucional de conmutación laboral promovida por el Consejo de Competencias Mineras (CCM), centrada en la medición cuantitativa del desplazamiento interregional. El contraste entre esta definición y la evidencia etnográfica muestra que la conmutación no puede reducirse a una métrica origen–destino, pues omite dimensiones fundamentales de la experiencia vivida: la organización sexo-genérica del espacio, las formas de sociabilidad que emergen en la espera, los modos en que los trabajadores reconfiguran el territorio y las estrategias cotidianas mediante las cuales producen sentido en medio de su desplazamiento constante. Esta omisión reproduce una mirada tecnocrática de la movilidad alineada con las lógicas neoliberales que han moldeado históricamente el régimen minero, y que tienden a invisibilizar los aspectos afectivos, subjetivos y relacionales que sostienen la reproducción social del trabajo extractivo.

A la luz del marco teórico discutido, la producción social del espacio, los estudios de las movilidades, las nociones de no-lugar/lugar móvil y las transformaciones socioespaciales derivadas del paso del enclave al territorio minero neoliberal, los hallazgos etnográficos adquieren mayor densidad interpretativa. Lo observado en Tocopilla y Antofagasta muestra que los espacios de tránsito no funcionan como meras infraestructuras logísticas, sino como escenarios donde se concretan precisamente aquellas dinámicas que distintas corrientes han señalado como centrales para comprender el capitalismo contemporáneo: la fragmentación espacial post company town, la movilidad como principio ordenador del territorio minero, la emergencia de espacialidades flexibles y relacionales y la reproducción de marcadores de género en el uso cotidiano del espacio.

En Tocopilla, las prácticas de conversación, intimidad laboral y apoyo entre trabajadoras no solo ilustran la producción social del espacio en términos smithianos, sino que además revelan cómo la movilidad genera lugares cargados de afectividad incluso bajo condiciones críticas, como la alerta de tsunami. Por su parte, la escena del aeropuerto de Antofagasta, marcada por la sociabilidad masculina, el consumo de alcohol y la transformación festiva de un espacio institucionalizado, evidencia cómo los trabajadores activan lugares que, bajo la lógica de los no-lugares, deberían carecer de historia, vínculos o identidad. En cambio, desde la perspectiva de los lugares móviles, estas prácticas muestran cómo los sujetos otorgan persistencia social a espacios atravesados por el tránsito, reforzando la dimensión relacional que la movilidad adquiere en el régimen minero neoliberal.

En conjunto, estas observaciones permiten concluir que la movilidad minera contemporánea debe entenderse no solo como un componente operativo del extractivismo, sino como un fenómeno socioespacial que transforma las relaciones, los cuerpos, los vínculos y las formas de territorialización en el desierto. Los espacios de tránsito (terminales, aeropuertos, zonas de espera) emergen como nodos críticos donde se disputan representaciones de género, se sedimentan experiencias sensibles del trabajo y se expresa, en última instancia, la forma en que el capitalismo neoliberal se territorializa en el norte de Chile.

Reconocer estas dimensiones no es solo un ejercicio interpretativo, sino una condición necesaria para abrir un debate más amplio sobre la vida social en territorios extractivos. Ello implica abandonar definiciones funcionalistas de la conmutación y avanzar hacia una comprensión situada de la movilidad, capaz de dar cuenta de su densidad social, de sus efectos en la vida cotidiana de los trabajadores y de su rol en la configuración histórica del espacio minero chileno

 

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[1] Este artículo es resultado del FONDECYT N.º 11250282 Trabajo, vivienda e identidades mineras en el norte grande de Chile: etnografía multisituada sobre nuevos procesos de urbanización en las regiones de Arica y Parinacota, Tarapacá y Antofagasta (1990–2020).