Revista Veritas Et Scientia - Perú

Vol. 14. N° 2

Julio – Diciembre de 2025

ISSN Edición Online: 2617-0639

https://doi.org/10.47796/ves.v14i2.1393

 

ARTÍCULO ORIGINAL

CONVIRTIÉNDOSE EN “FAENERO”: APUNTES SOBRE HOMOSOCIABILIDAD Y SEXUALIDAD EN HOMBRES MINEROS DEL NORTE GRANDE DE CHILE

BECOMING “FAENERO”: NOTES ABOUT HOMOSOCIABILITY AND SEXUALITY IN MINER MEN FROM FAR NORTHERN CHILE

 

File:ORCID iD.svg - Wikimedia CommonsBastián Ariel Tapia Sánchez

Universidad de Tarapacá, Chile

https://orcid.org/0009-0000-6178-0774

 

Recibido: 13/11/2025

Aceptado: 02/12/2025

Publicado On-line: 30/12/2025

 

Resumen

La conmutación en la minería chilena del siglo XXI exige la movilización de más de diez mil trabajadores de todo el país hacia las regiones nortinas de Tarapacá y Antofagasta. La masculinización de la minería impacta en las formas de sociabilidad de hombres translocados que deben negociar, significar y articular sus vidas íntimas en torno al trabajo. A través de un método y enfoque etnográfico, este artículo se propone analizar las operaciones para adquirir una identidad de trabajador faenero, en relación con prácticas y dinámicas asociadas con la sexualidad y socialización. En este artículo discutimos las tensiones en torno a la sociabilidad y representaciones sociales de la masculinidad sostenidas por la movilidad minera en el Norte Grande de Chile.

Palabras Clave: Sexualidad, trabajo minero, masculinidades, homosociabilidad, Norte de Chile.

Abstract

Conmutation in Chilean mining industry in the 21st century requires the mobilization of more than ten thousand workers from across the country to the northern regions of Tarapacá and Antofagasta. The masculinization of mining impacts in the ways of sociability of translocated men, who must negotiate, signify and articulate their intimate lives around work. Through an ethnographic method and approach, this article analyzes the processes of acquiring a worker identity, in relation to practices and dynamics associated with sexuality and socialization. Here we discuss tensions surrounding peer sociability and social representations of masculinity sustained by miner mobility in far northern Chile.

Keywords: Sexuality, mining work, masculinities, homosociability, Northern Chile.

INTRODUCCIÓN

Con certeza sabemos que, a lo largo de la historia del extremo norte de Chile, la minería ocupa un rol central en los procesos de urbanización y crecimiento regional con diferentes características sociales, culturales, políticas y económicas dependiendo del periodo histórico que observemos (Valdebenito y Garcés, 2023). A partir de las ocupaciones tempranas del territorio por la actividad extractiva de minerales de los grupos humanos, se producen con ellas una serie de construcciones identitarias vinculadas a periodos prehispánicos, coloniales, republicanos y modernos en torno a la transformación espacial y sociocultural de la minería en el norte grande (Núñez, 1999; Choque y Muñoz, 2016; González, 2009). En el marco de una investigación mayor que pretende indagar, desde un enfoque etnográfico, las representaciones, construcciones, y significaciones asociadas a las identidades mineras en las regiones de Arica y Parinacota, Tarapacá y Antofagasta, fuimos persiguiendo el signo, el movimiento y las narrativas de un fenómeno que deja sus huellas en las identidades socioculturales de las personas que lo habitan. En este proceso, resultó ineludible encontrarnos con una marca distintiva en los trabajadores mineros: la sexualidad. Esta dimensión se expresa en distintos espacios y trayectorias de la vida cotidiana como el tránsito de la casa a la faena, de la mina a las habitaciones compartidas, en los baños comunes o en el desplazamiento hacia el campamento. De este modo, como proceso significativo de todo rito de pertenencia, la sexualidad ocupa un rol clave en las maneras de convertirse en faenero, es decir, en trabajador en y de un campamento minero.

La minería en Chile se ha considerado una industria masculinizada al tener un porcentaje predominante de hombres como parte de la fuerza laboral (Foro Intergubernamental sobre Minería, Minerales, Metales y Desarrollo Sostenible, 2022). No solo en el sentido numérico, sino que se producen con ello otros elementos distintivos de esta masculinización, como significaciones del trabajo minero asociado a valores masculinos y la delimitación de fronteras simbólicas que reproducen una división sexual del trabajo según área productiva (Arango, 2006). En un escenario de mayor apertura hacia políticas de equidad e inclusión de género en minería, se mantiene el desafío de comprender las responsabilidades de los hombres en la segregación ocupacional, en la conciliación vida familiar-trabajo y en las representaciones de imaginarios generizados sobre el trabajo minero (Gómez y Angelcos, 2018). 

La literatura producida durante poco más de una década ha descrito las maneras en que el habitus minero —en particular, en la región de Antofagasta— se sostiene por un ethos laboral masculino, donde convergen una serie de características constituyentes del ser hombre trabajador minero. Por ejemplo, destacan las representaciones sobre el hombre-padre-trabajador-proveedor, las aspiraciones en torno a la autoridad dentro del sistema laboral, las transformaciones hacia masculinidades menos rígidas promovidas por recambios generacionales, y la creación de espacios de homosociabilidad tanto en los campamentos como en las ciudades, predominantemente heteronormativos (Pavez y Hernández, 2014; Silva et al., 2016; Silva y Salinas, 2020; Silva-Segovia y Castillo-Ravanal, 2021).

La organización del trabajo dentro del boom cuprífero de la minería en Chile, a partir de 1990, se caracteriza por un sistema de turnos de desplazamiento constante o conmutación, el cual promueve relaciones sociales enmarcadas en la interconexión de espacios residencial a nivel nacional, y conflictos urbanos que derivan de este sistema (Garcés, O’brien y Cooper, 2010). En nuestras conversaciones con trabajadores regidos por este sistema de turnos, nos encontramos con discursos que nos remiten hacia las vidas íntimas marcadas por la movilidad, situadas entre la nostalgia de dejar a la familia atrás y la disposición corporal de soportar el turno en la mina, así como libertades, tensiones y configuraciones particulares que emergen en la faena.

A diferencia de los estudios focalizados en las dinámicas campamento-ciudad en comunas de la región de Antofagasta, nos centramos en las historias de vida de trabajadores provenientes de las regiones del norte grande y de regiones de la zona centro del país. Para ejemplificar, solo en la región de Tarapacá un 53% de la fuerza de trabajo proviene de la región de Antofagasta y un 24% de la macrozona centro (Consejo de Competencias Mineras, 2023, p.10). La particularidad de este dato refiere a que, a diferencia de la organización de la sexualidad en ciudades mineras predominantes en la región de Antofagasta (Silva y Barrientos, 2008; Silva-Segovia, Zuleta-Pastor y Castillo-Ravanal, 2021), la socialización masculina opera en momentos caracterizados por el tránsito en las carreteras, las ciudades de paso y/o los campamentos mineros, sin la posibilidad de construir entramados urbanos consolidados en las ciudades de orígenes. Estas dinámicas se contienen, en cambio, en las biografías de los faeneros, quienes transforman los paisajes urbanos y las relaciones sociales por las que transitan.

En el presente artículo, se analizan las dimensiones de género y sexualidad como elementos constitutivos de las identidades faeneras, explorando las maneras en que el proceso de conmutación laboral minera en el norte grande de Chile influye en la producción de identidades de género y en las experiencias sexuales de los trabajadores mineros.

METODOLOGÍA

Los resultados que se presentan a continuación son parte del proyecto de investigación Fondecyt Iniciación N°11250282, cuyo objetivo es analizar la relación entre minería, movilidad y urbanización a través de las comunas de Arica, Iquique y Antofagasta siguiendo las movilidades del trabajo minero, las movilidades de la vivienda minera, y las movilidades de identidades de trabajadores mineros.

Dentro de este proyecto nos propusimos desplegar una etnografía multisituada, siguiendo a las personas, las metáforas o símbolos, y las tramas de sentido (Marcus, 2001, p.118) asociados al trabajo minero bajo sistema de turnos y movilidad. A partir de la etnografía como enfoque, método y texto, dimos prioridad a los universos culturales de los sujetos (Guber, 2001; Guber, 2004) lo que nos permitió abrir el campo de estudio identificando un elemento clave de la construcción identitaria: el entramado de la sexualidad en los relatos sobre la construcción del trabajo y la identidad minera.

Para efectos del presente artículo, se analizan los datos elaborados a partir cinco casos de trabajadores mineros entre 28 y 56 años, residentes y trabajadores a lo largo de las regiones de Antofagasta, Tarapacá y Arica y Parinacota, recopilados durante aproximadamente tres meses de trabajo del 2025 por medio de entrevistas semiestructuradas, en diferentes espacios de sus ciudades de origen.

A través del rescate de categorías nativas, plantearé a modo de organización temática los relatos de los trabajadores en torno a cómo significan los vínculos con la labor minera y la sexualidad en sus aspectos socializadores, con el propósito de entregar material empírico sobre los fenómenos mencionados.


 

Aproximaciones teóricas y revisiones históricas sobre género, sexualidad y movilidad en el extremo norte minero

En este trabajo, la sexualidad se comprende como un campo en disputa política, social y cultural en torno a la organización y regulación de los placeres del cuerpo, en el que se ordenan, expresan, domestican y circulan formas culturales de la sexualidad que adquieren la estructura misma de los modos de organización de la sociedad (Araujo, 2002). Como objeto elusivo de los focos analíticos centrales en antropología, la sexualidad no aparece como una noción o experiencia compartida y transparente para los sujetos, sino que se constituye a partir de su entramados históricos y políticos, sosteniendo configuraciones locales en las que se entrecruzan deseo y normas morales (Parrini y Tinat, 2022). En este proceso de ocultamiento de la actividad sexual, la operación de categorizar y/o censurar los actos sexuales implica una forma de control de las relaciones sociales; empero, se logran evidenciar en metáforas, siempre vinculadas por las relaciones desiguales de género (Bozon, 1999). Este desafío de la captura de la sexualidad implica comprender que las funciones sexuales operan como un fenómeno abierto y accesible a diferentes estilos de vida, como un rasgo fundible en identidades, cuerpos y normas sociales (Giddens, 2004).

Estas aproximaciones nos entregan lentes para analizar la relación entre el ordenamiento de la sexualidad —en tanto regulación de las esferas de la vida íntima de los trabajadores en el campamento minero moderno— con la reproducción del trabajo, la urbanización y la construcción de identidades asociadas a la labor minera.

Hasta finales del siglo XX en el extremo norte de Chile, la proliferación de las company town como núcleos urbanos arrastran consigo procesos de crecimiento poblacional que impacta en la emergencia de identidades pampinas, asociadas al trabajo minero y la vida en la pampa salitrera constituida por elementos multiculturales (González, 2002). En este escenario, se ha puesto especial atención a las relaciones de género que configuraban los aspectos cotidianos en la pampa (Carrasco, 2014), así también las pugnas entre las bases androcéntricas que han construido, —académicamente—la figura del “hombre del salitre” (Castro, 2025).

El campamento minero ha sido objeto de transformaciones en su manera organizativa de la vida social en torno, principalmente, a elementos que aseguren la consolidación de una fuerza laboral estable. Los antecedentes más completos sobre la historización de la sexualidad como eje articulador de relaciones sociales en campamentos mineros los encontramos en la mina El Teniente, ubicada en la Región de O’Higgins. Ante las preocupaciones de la Braden Copper Company para mantener una mano de obra permanente —dado que muchos abandonan el trabajo tras el matrimonio y la paternidad—, a partir de la década de 1920, la compañía impulsó la construcción de viviendas para trabajadores casados con el propósito de trasladar a las familias a sectores próximos al yacimiento minero. En contraparte, se consideraba que los trabajadores solteros destinaban su tiempo al consumo de alcohol, al juego y a las peleas, lo que implicaba riesgos laborales asociados a huelgas o a la participación en formas de recreación clasificadas como “vicios” (Kublock, 1992).

En este contexto, la organización de la sexualidad se hacía imperante, en tanto que los llamados “vicios del trabajo” debían ser ordenados por las compañías. Así como la construcción de viviendas para casados y solteros se constituyó como un proyecto de control, también el acceso a servicios de trabajo sexual en los campamentos fue objeto de regulación a través de las “casas de tolerancia”, materializadas tanto en prostíbulos oficiales como clandestinos, en lugares donde la población de hombres superaba al femenino (Carrasco, 2018). La permisión o prohibición del trabajo sexual se inscribe en un contexto más amplio de implementación de políticas orientadas a promover el bienestar higiénico de la sociedad, propio del proyecto moderno chileno a inicios del siglo XX (Illanes, 2010). La presencia de estos espacios de sociabilidad de la sexualidad se documenta en Iquique, Antofagasta, Taltal y Tocopilla, donde formaron parte de las identidades pampinas, y se caracterizaron como lugares de relajamiento de las normas sociales a pesar del régimen moral restrictivo de la época (Kalazich, 2018). La representación de los sujetos involucrados en estas prácticas de consumo erótico se formulaba desde nociones de incivilidad, desorden y riesgo para la salud pública; no obstante, fueron espacios que resultaron constitutivos de las identidades culturales propias del trabajo y territorio minero, integrando las vidas sociales y económicas de las comunidades pampinas (Erazo et al., 2024).

Actualmente, comprender las aristas identitarias de la población dedicada a la minería en el Norte Grande requiere considerar, en primer lugar, la naturaleza del espacio que produce y es producido por la conmutación. A partir de la aproximación teórica del giro de las movilidades, se concibe que las instituciones, las prácticas y los lugares son construidas por el movimiento, sostenidas por la interconexión de territorios, redes de comunicación o personas, y la multiplicidad de escalas del mundo social; entre ellas, las dimensiones simbólicas y afectivas (Sheller, 2017).

Un segundo acercamiento implica comprender cómo los entramados del amor y la sexualidad —en tanto dimensiones clave en la toma de decisiones económicas— actúan como elementos que toman forma en los procesos de movilidad. En este sentido, el giro emocional y sexual de las movilidades exige centrar la atención en las prácticas e ideologías del deseo y la sexualidad, integrándolas en los mundos materiales que las conforman. Estos elementos se encuentran arraigados en las estructuras locales de cada territorio, donde los lugares son constituidos por relaciones sociales percibidas como locales y a la vez distantes (Mai y King, 2009).

Bueno para beber: la jarana, el alcohol y el juego como rito de paso del faenero

Dentro de los imaginarios asociados a las identidades de los hombres mineros, es común escuchar que, producto de los sistemas de turno y de la lejanía de sus familias, existe una predisposición hacia diferentes “vicios”, como el consumo de alcohol, el juego y el acceso a servicios sexuales femeninos, ya sea en las localidades de alojamiento mientras están en la faena o en sus localidades de origen. Esto no solo circula en los imaginarios del sentido común, también ha sido abordada por la literatura en torno a los procesos de socialización minera y estudios de esparcimiento masculino (Barrientos et al., 2009). Entender el despliegue de la masculinidad en los entornos urbanos implica la construcción de identidades performativas de lo que se configura como masculino, como sujetos predilectos del trabajo demandante y público (Valdés y Olavarría, 1998).

Juan Leiva comenta que “la vida del minero cualquiera no la aguanta” (Leiva, 43 años). El deterioro corporal que observa en su suegro, un enfermo jubilado de la minería, es evidencia de la reproducción de un tipo de trabajo que exige, de manera sacrificada, “seguir dándole al cerro” con el fin de generar altos ingresos. A ello se suman otras características que, según su experiencia, afectan el bienestar, como el ser mujeriego y ser “bueno para tomar”, rasgos que —según él observa— están siendo cambiados por nuevas generaciones más jóvenes de trabajadores. Sin embargo, a partir de sus 25 años trabajando en el rubro, Leiva reconoce que los mineros son “buenos para la cerveza”, y que la disposición al consumo de alcohol se fomenta también por parte de las empresas contratistas al alojarlos en lugares cercanos a locales nocturnos. Una vez que inicia la semana o los días de descansos correspondientes —comenta Juan—, “lo primero que te tomas es tu cerveza, la vas pensando y que esté heladita”.

Asimismo, rememora sus noches de juerga con sus compañeros, quienes participan en ligas mineras de fútbol en la comuna de Arica los viernes desde las 9 p.m. hasta las 4 a.m., siendo la única condición de participación el hecho de ser minero. En este contexto, señala que mayor provecho sacan aquellos mineros provenientes de Arica, pues al tener a la ciudad peruana de Tacna cerca de sus hogares, es habitual la adquisición de alcohol del país vecino para su posterior venta a sus compañeros de otras regiones. Estos licores son guardados en autos estacionados en localidades de paso hasta la llegada del primer bus con faeneros que desciende del campamento. Ello, ante la prohibición de subir alcohol.

En el campamento se intenta simular la dinámica de la distensión en la ciudad. José Rojas (28 años) lleva 3 años trabajando en faena, y señala que la bodega ha sido un espacio de reflexión y contención para él y varios compañeros, quienes buscan el calor de una taza de café y la escucha de un colega. El campamento ofrece una serie de estímulos para el entretenimiento y ejercicio de sus trabajadores, entre los que se incluyen una cancha de fútbol, un gimnasio, una cancha de básquetbol, así como carritos de comida donde es posible conseguir cervezas sin alcohol, servidas en el clásico vaso de schop. La expresión completa de la experiencia del beber y la juerga se manifiesta en lo que Rojas denomina “la vida del descanso de un minero”, la cual describe como un abanico de posibilidades. Algunos prefieren descansar con la familia, mientras que otros aprovechan la reprogramación de vuelos para quedarse en las localidades de paso invirtiendo en alcohol, noches de diversión y relaciones sexoafectivas con mujeres.

Cristóbal Castillo fue más tajante ante la pregunta sobre cómo definiría a un faenero: “Significado: cochino. Un hueón cochino, un hueón que le gusta la cerveza, las prostitutas y trabaja para eso” (Castillo, 28 años). Si bien reconoce que todos tienen diferentes conductas e historias personales, en la faena “todos los gatos son negros”, en el sentido de que se mantiene una dinámica de socialización común en torno al salir de jarana. La posibilidad de tomar cerveza en un lugar “normal”, como un local abierto al público general, se suprime ante la insistencia de que el espacio predilecto son schoperías frecuentadas por mineros. Cristóbal relata que su primera experiencia en una schopería fue a los 20 años, cuando ya se desempeñaba como trabajador minero, momento en el que su compañero le declaró “esta hueá es la prueba de fuego”. Este rito implica el poder sostener la identidad de faenero a través de la resistencia corporal de una noche prolongada de consumo de bebidas alcohólicas con sus compañeros, que supone, además, la exigencia de levantarse a trabajar al día siguiente a pesar de acostarse a las 5 de la mañana. En particular, esta dinámica es particular de aquellas faenas que alojan a sus trabajadores en localidades de tránsito, siendo los faeneros aquella población flotante que le da sentido a la noche de la comuna rural.

La distancia perdona: conmutación y manifestación de la narrativa sexual en la faena

Estudios recientes describen que una supresión de la emocionalidad y la sexualidad en la faena pueden propiciar peligros físicos en el trabajo, al promover una figura del hombre minero caracterizada por la frialdad emocional y una alta productividad. Sin embargo, en el espacio doméstico durante los turnos de descanso, la virilidad ocupa la forma dominante en las relaciones entre hombres y mujeres, donde la sexualidad se interpreta como una necesidad y una forma de descarga, que, cuando no es satisfecha, suele buscarse fuera de la dinámica conyugal (Silva-Segovia et al., 2021). Estos datos son antecedidos por otros estudios que enfatizan sus observaciones en la faena misma, donde la sexualidad es promovida o prohibida dependiendo de las normas laborales de cada empresa (Pavez y Hernández, 2014). Por ende, el desafío analítico consiste en dilucidar la retórica de lo que se dice y lo que se hace, en tanto que la sexualidad opera como una dimensión que se declara en sus aristas públicas y permitidas, mientras se ocultan aquellas prácticas susceptibles de sanción.

Héctor Araya se mueve aproximadamente 800 kilómetros desde Arica hasta la faena ubicada en la región de Antofagasta para desempeñar sus funciones. En ese mismo trayecto, describe las andanzas de sus compañeros con mujeres dedicadas al trabajo sexual como “aventuras”. En la entrevista, comenta que su esposa sabe que él no es el tipo de hombre que pague por servicios sexuales: “yo sé que tengo mucho que perder por una aventura de una noche y todas las consecuencias que conllevan” (Araya, 33 años). Asimismo, relata que sus compañeros ocupan su tiempo libre para buscar en páginas de internet datos de mujeres que ofrecen servicios sexuales. Entre esos 800 kilómetros, uno de ellos suele bajarse en ciudades intermedias con horas de anticipación para lograr calzar los tiempos de ida y vuelta con el objetivo de concretar encuentros con trabajadoras sexuales “de buen nivel”, sin que su esposa —con quien vive en pareja y tiene hijos, y a quien dice amar— llegue a enterarse. Desde la percepción de Héctor, y considerando que el 95% de trabajadores en faena proviene de otras regiones, “la distancia te perdona”, ya que, al pensar que sus parejas se encuentran a miles de kilómetros de distancia, asumen que no podrán ser descubiertos.

Retomando las palabras de Cristóbal, “la gran mayoría es infiel acá, es lo más normal; eres minero, infiel” (Castillo, 28 años). A partir de esa asimilación de roles, prefiere referirse a sí mismo a través de su profesión antes que de su oficio específico (faenero), evitando el juicio social. Iván Rivera complementa estas observaciones desde su experiencia en la faena, distanciándose de las actitudes que califica como “cómodas” que tienen algunos de sus compañeros, y señalando que, aunque varios tengan parejas embarazadas, “andan hueviando con las chicas de ahí [el campamento]” (Rivera, 28 años).  También afirma que “todos los mineros andan desesperados por contacto femenino”, y describe interacciones que considera incómodas, tales como miradas insistentes y comentarios dirigidos hacia sus compañeras que ocupan labores de aseo o alimentación. En este escenario sexual —que bien puede tocar límites con el acoso—, Cristóbal detalla la presencia de anhelos de coqueteos entre hombres y mujeres en dinámicas que él mismo ha participado, pero que actualmente prefiere evitar. No ocurre lo mismo con algunos de sus compañeros, quienes recurrentemente concretan encuentros sexuales con mujeres que trabajan en labores domésticas dentro del campamento.

Juan Leiva argumenta en torno al denominado “problema del minero”, concepto mediante el cual describe una situación recurrente en la que una proporción significativa de los trabajadores mineros es engañada por sus parejas — coloquialmente referidos como “gorreados”—, fenómeno que, según Leiva, alcanza a cerca del 80% de este grupo laboral. Leiva atribuye este problema a la distancia, donde la conmutación implica un sacrificio emocional de gran impacto para las vidas de los trabajadores. En este contexto, Leiva da cuenta del sufrimiento observado en muchos de sus compañeros, quienes lloran por faltar a las responsabilidades familiares y, principalmente, por el dolor que genera cuando sus parejas los abandonan por otras personas.

La segunda familia: homosociabilidad, continuidades y tensiones de la socialización masculina

De particular interés han sido las amistades masculinas en la literatura antropológica, destacando el concepto de homosociabilidad para describir aquellos enclaves exclusivamente masculinos que, al mismo tiempo, son requeridos para la disciplina de las prácticas entre hombres, orientadas a la construcción genérica y heterosexual (Connell, 1995; Gutmann,1998). En este sentido, la faena opera como un enclave masculino donde dialogan, negocian y disputan las formas permitidas de ser hombre, destacando tanto prácticas de solidaridad como de confrontaciones (Pavez y Hernández, 2014).

Antonio lleva más de 30 años trabajando en minería y describe a la familia minera como un clan. En sus palabras, los mineros convierten la sal en pan para llevarlo a la mesa, pasando por enfermedades, sacrificios y mal dormir. El clan —señala— ofrece contención y empatía en los momentos de dolor, debido a una misma experiencia compartida del ser minero. La responsabilidad de mantener los cuerpos trabajadores en óptimas condiciones recae, muchas veces, en los propios mineros.

José Rojas describe este trabajo emocional como un “choque cultural”, al tener que lidiar con un “abanico de personalidades”, en el que cada compañero lleva consigo a la faena diferentes situaciones personales que inciden en su humor y bienestar: “sin querer queriendo generaba como una especie de cantina o boliche” (Rojas, 28 años), donde los “viejos” podían desahogarse, sin importar las llamadas de atención de los supervisores.

Sin embargo, pese a la narrativa de la segunda familia, se presentan situaciones que rompen con los aires de compañerismo. Se evidencian dos escenarios que encierran tensiones en la familia minera, delimitados por disputas sexoafectivas y por relaciones de poder entre trabajadores.

La familia de Iván no quería que comenzara a trabajar en minería. A pesar de venir de una familia de tradición pampina, le advertían que “allá los hueones son diferentes” y que Iván no “parece minero”. Una vez incorporado en la faena, observa que el perfil de faeneros corresponde a hombres con necesidad económica, para quienes la minería es la única fuente difícil de reemplazar. Dentro de sus propósitos personales se encuentra el “no convertirse en faenero”, lo que implica no adoptar el léxico ni asumir el rol social asociado a dicha categoría. Sus intenciones se nutren de interacciones conflictivas, particularmente debido a que mantiene una relación afectiva con su pareja, también trabajadora de la faena. Su pareja ocupa una posición laboralmente superior, por lo que su interacción con una jefatura levantó inmediatamente sospechas entre sus compañeros, quienes desconocían su relación afectiva previa a su inserción laboral en este rubro. Estas sospechas se manifestaban cuando los “viejos” pedían explicaciones a sus supervisores sobre por qué Iván y su pareja —a quien referían como su “jefa”— conversaban con frecuencia. Incluso, Iván relata haber vivido situaciones de acoso en los baños compartidos, también por parte de los “viejos”, quienes insistentemente le hacían preguntas sobre su pareja al verlo salir de las duchas. Esto implicó un distanciamiento por parte de sus compañeros, quienes comenzaron a negarle ayuda en situaciones laborales específicas. Sin embargo, una vez que Iván declara públicamente que su jefa es su amiga, el acoso cesa.

Por último, Cristóbal se refiere a su posición de “casco blanco” o supervisor, como una identidad demarcada por una segregación interna entre los trabajadores: “el caso blanco en minería es respetado (…), yo soy un hueón de población, yo me voy con los viejos, yo no me voy con los supervisores” (Castillo, 28 años). Su edad también constituye un factor que incide en su posición inferior dentro de la jerarquía laboral, ya que, a pesar de ocupar una posición de autoridad, declara que en ocasiones sus opiniones no eran consideradas en la toma de decisiones, lo que interpreta como un menosprecio a su conocimiento por ser joven: “es como que tenís que tener un rango y un estudio para que te hagan caso, pero te poní el casco y cambia todo”. Respecto de esto, recuerda una experiencia concreta que vivió frente a sus compañeros cuando un supervisor le faltó el respeto al silbarle de manera despectiva para darle una orden. Ante este episodio, sus compañeros reaccionaron retirando el buen trato hacia dicho supervisor, “haciéndole la vida imposible”.

CONCLUSIONES

La faena y la construcción identitaria del faenero nos lleva hacia dos aproximaciones iniciales para la comprensión de los elementos producidos por estos tránsitos.

En primer lugar, la faena o el trabajo faenero se configura casi como homólogo de identidades masculinizadas y masculinizantes. El contexto socioambiental hostil del campamento, junto con la interacción entre pares por periodos extensos alejados de la vida familiar o cotidiana en las ciudades de origen, produce formas particulares de hacer y ser en el trabajo. Esto es, las relaciones contenidas en —y que exceden— los espacios laborales son quienes producen el género. En segundo lugar, la faena deja de ser concebida como el trabajo mismo, sino que pasa a contener el binomio oficio-espacio incorporado en la identidad propia del trabajador. Esta identidad es forjada dentro de este binomio, caracterizada por un contenido sexual y homosocial que supone un rito de paso para convertirse en faenero. Así, la experiencia del sexo, el consumo de alcohol y la camaradería son las instancias clave para consolidarse como hombre en y hombre de la mina.

Como estudio exploratorio, quedan abiertas diversas interrogantes, entre ellas, las maneras particulares de cómo se vive la sexualidad entre los tránsitos mineros; los impactos que las dinámicas revisadas generan en las localidades de origen y en los círculos cercanos de los faeneros , en tanto consecuencias y extensiones de sus vidas sociales; así como  la creciente incorporación de las mujeres en espacios masculinizados. Estas líneas de investigación responden a los desafíos planteados por el giro de las movilidades y el giro sexual de la movilidad, desde los cuales se comprende que la movilidad emerge como categoría analítica para entender la significación de los espacios de tránsito, las modalidades de trabajo bajo este régimen y las prácticas sociales producidas en ellas (Jirón e Iturra, 2011).

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